Frío de Sanación (Magos Blancos...y ya lo vé)
La yema del dedo indice se acerca como autómata hacia la superficie metalicamente deformada, con melodía de posición, sobre el espejo (o placard) de agua. Helada aunque rencorosa. Fresca y húmeda, así seca y distante.
La yema penetra el ombligo de un cuadrante, anidando en el punto más íntimo y perspicaz de la ría pedrada, de la tierra a punto de soltar un escupitajo de más tierra.
La yema se retira, paralizada pero en lo correcto. Se retrae y se une a un brazo acurrucado en el torax. El torax, como telescopio, sostiene los lentes de una estructura científicamente rebatible que se encuentra orientando sus vehemencias hacia el punto más alejado de la proximidad.
El agua nos tapa el ruido, el ruido se convierte en vacío, y en él, los sonidos no se propagan. No funcionan. No son relevantes.
La paz, el agua, los dedos, la cara, los brazos, el torax, el ojo, la mente, la fuga.
La paz.
Los temblores de los tambores ya perdidos en el vacuo espacio, en la noche sin estrellas ni luna, solo con dibujos acartonados a la acuarela, me cubre el rostro y, peor aún, me pide recompensa por mi fiereza y mi sensación. No poseo dinero, pero si especias.
El calor de una estufa me pega de costado, y mientras dentro de mis huesos estoy en la orilla, en la riviera, en el árbol frondoso bien lejos de mendoza, o en el vadén de una isla que no debe existir, porque no es creíble.
La yema se sentía inquieta, arrugada, molesta y ofuscada. Estaba quemada. Estaba Ampollada, producto de la estufa y de la imprudencia, producto de los sentimientos y de la ansia histeria.
Pero desde que se mojó, no hubo mucho más que hacer.
Sucumbir, al sutil encanto que tienen las extremidades al latir
cuando se relajan, cuando se escuchan sus plegarias
que se cantan con la bruma y no otra lírica.
El cuerpo es sabió. El alma ansioso. El calor sofocante.
Este agua, es refrescante.
Déjala Correr.
Pero no dejes de beber.
Todo se enfría, para sanar. Dejar la ventana abierta no nos puede hacer mal.
La brisa matinal, es algo, que vale la pena.
Una adicción de salud verdadera
Juampi (Druida, Curandero y Administrativo Contable)
La yema penetra el ombligo de un cuadrante, anidando en el punto más íntimo y perspicaz de la ría pedrada, de la tierra a punto de soltar un escupitajo de más tierra.
La yema se retira, paralizada pero en lo correcto. Se retrae y se une a un brazo acurrucado en el torax. El torax, como telescopio, sostiene los lentes de una estructura científicamente rebatible que se encuentra orientando sus vehemencias hacia el punto más alejado de la proximidad.
El agua nos tapa el ruido, el ruido se convierte en vacío, y en él, los sonidos no se propagan. No funcionan. No son relevantes.
La paz, el agua, los dedos, la cara, los brazos, el torax, el ojo, la mente, la fuga.
La paz.
Los temblores de los tambores ya perdidos en el vacuo espacio, en la noche sin estrellas ni luna, solo con dibujos acartonados a la acuarela, me cubre el rostro y, peor aún, me pide recompensa por mi fiereza y mi sensación. No poseo dinero, pero si especias.
El calor de una estufa me pega de costado, y mientras dentro de mis huesos estoy en la orilla, en la riviera, en el árbol frondoso bien lejos de mendoza, o en el vadén de una isla que no debe existir, porque no es creíble.
La yema se sentía inquieta, arrugada, molesta y ofuscada. Estaba quemada. Estaba Ampollada, producto de la estufa y de la imprudencia, producto de los sentimientos y de la ansia histeria.
Pero desde que se mojó, no hubo mucho más que hacer.
Sucumbir, al sutil encanto que tienen las extremidades al latir
cuando se relajan, cuando se escuchan sus plegarias
que se cantan con la bruma y no otra lírica.
El cuerpo es sabió. El alma ansioso. El calor sofocante.
Este agua, es refrescante.
Déjala Correr.
Pero no dejes de beber.
Todo se enfría, para sanar. Dejar la ventana abierta no nos puede hacer mal.
La brisa matinal, es algo, que vale la pena.
Una adicción de salud verdadera
Juampi (Druida, Curandero y Administrativo Contable)
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