Carta para un amanecer (leela cuando puedas)
Abrimos la puerta del portón entrando sigilosamente aunque yo iba decididamente el. Los ruidos de la gente chapoteando en la pileta me daban un recuerdo doloroso de una infancia increíble en la cual tal vez no iba a volver a recorrer. Caminábamos por los terrenos y el me dijo que esto era suyo, por ende podía estar ahi. Pero las reglas eran claras y yo tenia el vicio de respetarlas. Vicio que me inculcó el. No me podía chupar todo un huevo, simplemente debía crear estructuras y atravesarlas con hidalguía.
Las condiciones debían ser creadas, filosofan los matemáticos que tienden a interpretar la vida como una concatenación de situaciones de equilibrio que se igualan con otras situaciones de equilibrio
Y yo me la comí y me envenené. Y se lo dije. Y lo mordí.
Pero todo tiene una razón y un camino. Un día, lejano pero cercano, alguien me vino a decir que se podía, pero si nos acercábamos. Que se podía, pero si tomábamos la iniciativa. Que vuelva, que se habían equivocado.
Ese día fue arduo duro y largo.
Hoy también.
Mucho tiempo después de hace tanto, un grupo de pibes nos pusimos como consigna traer de vuelta a la vida un lugar para la comunidad, un lugar donde todos seamos todos, y donde disfrutemos y compartamos. Un lugar con responsabilidades, con alegrías, con limitaciones, con tristezas.
Un lugar donde se ven los propósitos y se revelan las verdaderas valías.
Un lugar como el club.
Un club.
Un club que alguna vez fue el sueño de un viejo megalomano pero de buen corazón que le juntó la cabeza a unos pares, y así se levantó. Hace casi 35 años. Hoy, cuando todo indica que hay que abandonar las empresas gratuitas y sin interés, donde lo que importa es el cuanto me llevo y el cuanto queda, nosotros, los pendejmos, demostramos que no nos importa el billete sino el lugar.
No queremos llenarnos de guita, queremos que la gente la pase bien.
Queremos un estar para que todos podamos ser y crecer.
Hoy volví a estar parado en ese campo donde hace 15 años entré con la cabeza gacha. Pero esta vez caminaba hacia el portón, yo más viejo y el tan joven, dirigiéndonos uno al lado de otro hacia una puerta que tantas veces cruce apurado, angustiado, feliz, envalentonado. Decidido.
Y lo pude mirar a los ojos y decirle.
"Arman, estoy donde tengo que estar. Y esto te lo debo a vos."
Los legados no se niegan. Se interiorizan. Se aprehenden. Así, con hache en el medio, para que durante una palabra haya un silencio prudente, casi imperceptible, en donde la vorágine por un segundo se detiene y te permite mirar alrededor y decir para los adentros que esto es el fruto del esfuerzo. No la guita, no el poder.
La felicidad.
Yo se que esta temporada, por más que alguien me quiera decir que fue la fortuna, vos nos mandaste wifi espiritual para conectarnos y descargar al piso esa energía que no se compra, que no se mide y que no se palpa.
Esa energía que solo recorre y se da a conocer, a aquellos que, a veces, la sentimos por dentro de nuestros corazones, empujando al espíritu con una brasa prendida fuego y yendo para adelante, en bolas de prejuicios y desvestidos de mediocridad, gritando con los ojos desorbitados, corriendo como enfermos hacia la posibilidad de que salga el sol, hacia el recuerdo de un horizonte delimitado por un sol amarillo y frutal.
Gracias abuelo por dejarme el amor que fui a buscar.
Lo encontré, después, dentro de mucho después ojalá, te lo llevo.
Cuidate.
Un abrazo.
Te quiere mucho mucho, Chichi.
Las condiciones debían ser creadas, filosofan los matemáticos que tienden a interpretar la vida como una concatenación de situaciones de equilibrio que se igualan con otras situaciones de equilibrio
Y yo me la comí y me envenené. Y se lo dije. Y lo mordí.
Pero todo tiene una razón y un camino. Un día, lejano pero cercano, alguien me vino a decir que se podía, pero si nos acercábamos. Que se podía, pero si tomábamos la iniciativa. Que vuelva, que se habían equivocado.
Ese día fue arduo duro y largo.
Hoy también.
Mucho tiempo después de hace tanto, un grupo de pibes nos pusimos como consigna traer de vuelta a la vida un lugar para la comunidad, un lugar donde todos seamos todos, y donde disfrutemos y compartamos. Un lugar con responsabilidades, con alegrías, con limitaciones, con tristezas.
Un lugar donde se ven los propósitos y se revelan las verdaderas valías.
Un lugar como el club.
Un club.
Un club que alguna vez fue el sueño de un viejo megalomano pero de buen corazón que le juntó la cabeza a unos pares, y así se levantó. Hace casi 35 años. Hoy, cuando todo indica que hay que abandonar las empresas gratuitas y sin interés, donde lo que importa es el cuanto me llevo y el cuanto queda, nosotros, los pendejmos, demostramos que no nos importa el billete sino el lugar.
No queremos llenarnos de guita, queremos que la gente la pase bien.
Queremos un estar para que todos podamos ser y crecer.
Hoy volví a estar parado en ese campo donde hace 15 años entré con la cabeza gacha. Pero esta vez caminaba hacia el portón, yo más viejo y el tan joven, dirigiéndonos uno al lado de otro hacia una puerta que tantas veces cruce apurado, angustiado, feliz, envalentonado. Decidido.
Y lo pude mirar a los ojos y decirle.
"Arman, estoy donde tengo que estar. Y esto te lo debo a vos."
Los legados no se niegan. Se interiorizan. Se aprehenden. Así, con hache en el medio, para que durante una palabra haya un silencio prudente, casi imperceptible, en donde la vorágine por un segundo se detiene y te permite mirar alrededor y decir para los adentros que esto es el fruto del esfuerzo. No la guita, no el poder.
La felicidad.
Yo se que esta temporada, por más que alguien me quiera decir que fue la fortuna, vos nos mandaste wifi espiritual para conectarnos y descargar al piso esa energía que no se compra, que no se mide y que no se palpa.
Esa energía que solo recorre y se da a conocer, a aquellos que, a veces, la sentimos por dentro de nuestros corazones, empujando al espíritu con una brasa prendida fuego y yendo para adelante, en bolas de prejuicios y desvestidos de mediocridad, gritando con los ojos desorbitados, corriendo como enfermos hacia la posibilidad de que salga el sol, hacia el recuerdo de un horizonte delimitado por un sol amarillo y frutal.
Gracias abuelo por dejarme el amor que fui a buscar.
Lo encontré, después, dentro de mucho después ojalá, te lo llevo.
Cuidate.
Un abrazo.
Te quiere mucho mucho, Chichi.
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