El Deuteronomio de aquel que almorzaba rápido (genealogía de una noble colación)
Horario afligido por los estados de hambruna y famelia colosal, el hombre desciende de su trono rutinario, de su espacio de control con pocas piezas de plata (hoy las traiciones fueron minúsculas y garparon poco)...El alfeizar de cernirse sobre una atiborrada de mugre de calle poco hospitalaria, en búsqueda de una tan extraña decisión amortizada en mortajas de duda y culpas gastronómicas.
Cruza el asfalto repugnante y se dirige a aquel lugar, donde el dinero se cambia por pociones, brebajes y otras demoníacos líquidos y sólidos con el solo objeto de satisfacer la debilidad divina de hacernos dependientes del alimento (sudor de nuestra frente) y del agua (porción gigante de nuestra esencia).
Entrar es un rito costumbrista, salir también. Entrar y decir, "haceme uno de 8", con la repetición y abuso de falta de sorpresa alimentaria que conlleva comer a veces aquí, a veces allí.
La brutal respuesta que nos desatina el timón es sencilla pero puntiaguda. "No hay pan".
La reacción es automática. Carrera insoslayable hacia la insoportable levedad de la panadería, cruzar avenida San Juan rogando un accidente del cual saldremos ilesos y a la carrera, y robar, a las 13 30, el último mignoncito (o dos, coreaban mis gargantas).
La espera es crucial, las miradas desafiantes, venden pan, pero también comida, y saben, saben por tus ansias, que ese pan es para completar una gula ya pagada en otro antro.
Dos cuerpos de cristos en mano, carrera inequívoca, rotos, descocidos, y 50 y 50, de lácteo y embutido, de euforía y desatino, para el receptáculo harinoso, compungido y brutal, con esencia de sol marca natura, porque es la mas especial.
El retorno es pasivo, total, el despúes ya lo sabemos todos.
Lo que importa es el proceso.
- shompol, aflojale al chegusan de salame y queso -
Perdonalos señor.
No saben lo que dicen.
Juampi
Cruza el asfalto repugnante y se dirige a aquel lugar, donde el dinero se cambia por pociones, brebajes y otras demoníacos líquidos y sólidos con el solo objeto de satisfacer la debilidad divina de hacernos dependientes del alimento (sudor de nuestra frente) y del agua (porción gigante de nuestra esencia).
Entrar es un rito costumbrista, salir también. Entrar y decir, "haceme uno de 8", con la repetición y abuso de falta de sorpresa alimentaria que conlleva comer a veces aquí, a veces allí.
La brutal respuesta que nos desatina el timón es sencilla pero puntiaguda. "No hay pan".
La reacción es automática. Carrera insoslayable hacia la insoportable levedad de la panadería, cruzar avenida San Juan rogando un accidente del cual saldremos ilesos y a la carrera, y robar, a las 13 30, el último mignoncito (o dos, coreaban mis gargantas).
La espera es crucial, las miradas desafiantes, venden pan, pero también comida, y saben, saben por tus ansias, que ese pan es para completar una gula ya pagada en otro antro.
Dos cuerpos de cristos en mano, carrera inequívoca, rotos, descocidos, y 50 y 50, de lácteo y embutido, de euforía y desatino, para el receptáculo harinoso, compungido y brutal, con esencia de sol marca natura, porque es la mas especial.
El retorno es pasivo, total, el despúes ya lo sabemos todos.
Lo que importa es el proceso.
- shompol, aflojale al chegusan de salame y queso -
Perdonalos señor.
No saben lo que dicen.
Juampi
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