La Meteorización (o como explotar para sembrar)
Tomándola de la cintura la apoyo contra la pared, la miró fijo. Fijaciones de mirada que de tan profundas parecen que alguien más mirara con tus ojos. La beso violentamente y la tiro sobre el frío mármol. Comienzan a correr por el costado todos los años de represión, todas las noches sin acabar, todos los peones que sacrifico en la lucha estratégica por no perder (¿no perder que?), todas las voces que calle en el interior de su alma para no gritar. Ella lo miraba azorada. Era una mezcla de temor con el recuerdo virginal y el pánico a la violación. Era una bestia forjadora de escalofríos. Era un hombre ensimismado en ensimismarse. Quería gritar, quería huir, pero algo en sus besos la calmaban. Algo en sus besos le decía muy despacito, como si le hablara un microsujeto dentro de su oído interno, que no había forma de entender. Que no había que entender. Que había que sentir. El veía desfilar antes sus ojos todas la tardes, mañanas y noches que pensó en ella, en los momentos en que se enredaba en su propio pensamiento, formando telarañas irrompibles que solo lo llevaban a generar telarañas irrompibles. Era un dolor intenso, una nausea feliz, un desgarro húmedo. Era todo lo que odiaba de él arrojandoselo en cada embestida. Era una forma de violencia física sin límites y consentida. El la deseaba destruir. El quería verla rendida escuchando esa maroma eterna de rasguños, de pecados y de pedantes, de miles y miles de peleas, de miles y miles de años de no hacer. Ella lo aborrecía, ella no quería verlo de cerca pero sentía su canibalismo literario apropiarla, cebarla como una entidad cuya sola sensación posible era el hambre. Y lo temía. Y le temía. Y entonces los ojos del macho se convirtieron en fuego puro, en un nirvana alejado que lo trasporto al él solo adosado a ella. Se vio de pie. Corriendo, cada vez más rápido, cada vez más fuerte, cada ves más corriendo. Los cristales de sus fantasías se rompían, cortando su piel de bebe inocuo. Las maderas volaban en mil astillas que hubiera cenado con mayonesa, limón y azúcar. La historia de él, de el y su estilo, de el y sus derrotas y sus batallas en la que fue vencido y aplaudido. La historia de su vida entera desde el fondo de sus resquemores. Sentía esa violencia de traspirar sangre, de masticar sus propios dientes, destruirse en una enorme ráfaga de vibraciones. Desgarrarse, lastimarse, evaporarla, dañar a todos, a todos, que no quede ni uno solo ni ninguno en pie. Que sangren, que lloren que rían que sientan lo que siento yo ahora, que sufran, que sufran estar vacíos y saber que ni ella ni su cuerpo ni sus ojos ni sus nadas le van a quitar el sueño, porque al fin y al cabo es solo una más. No importa las batallas que se combatan, siempre una nueva generará expectativa olor y amor. Y ese dolor de saber el secreto de la dinámica de la vida, de que las funciones empiezan, emocionan, aburren y finalizan, y en algún otro lado alguien hará un nuevo guión que algún día llegará a sus manos. Lo inevitable de ese mejorar, de ese pasar, de ese innovar, lo emputeció, llenó de ira cada una de sus células y lo hizo hervir.
Y todo, todo sucedió en su cabeza, donde los sueños se hacen realidad y las sombras los festejan.
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