El Hacha de mano (o el reflejo de nuestros pequeños cuartos)

Poroto tiene 80 años. Pertenece al grupo de los atemporales. Es de esos entes mayores, simbióticamente relacionado con el ambiente que lo rodea. Poroto siempre existió. Es un abadejo, un pez en el río de la energía que fluye, pero no contra la corriente. Con ella.

Poroto no te saluda, siempre te esta recibiendo.

Poroto no deja que le pidas permiso, te hace notar que lo de el es suyo.

Como quien se encuentra en una misión en la cual se pone en vilo el destino de la nación, yo ayer buscaba un hacha. Pero cualquier hacha o elemento asimilable a ser utilizado para cortar madera.

Hacía frió, y como era lógico, no andaban las estufas. Entonces emprendí el peregrinaje del buscador de calor. Sinceramente lo que menos hice fue percibir el tiempo ni persegui el objetivo del fuego.
Hacia arriba mire, par embotarme plácidamente en un naranja con flecos chispeantes de lapislázuli, un oleaje de vientos benévolos que desfilaban con el crepúsculo. La fila interminable de sauces, como peones en un ajedrez donde mantener la posición es el secreto de la victoria, marcaba mi camino, mi soledad y mi campo de batalla. Pero no tenía ganas de desenfundar ninguna espada metafísica automutilante. No tenía más que respeto y paz ante tal espectáculo. Muy pocas veces la vida nos da la preciosa posibilidad de ser el espectador de lujo de un despilfarro de naturaleza en estado de regocijo y comunión.
En ningún momento me detuve, seguía caminando, pero ya fuera de cualquier parámetro de percepción consciente. No permanecía quieto pero tampoco tomaba velocidad. Creo que intenté, , colarme a la fiesta que contemplaba. Pero sabiamente, solo se nos deja mirar, porque participar, ser parte del circulo de la vida de la tierra es algo que el humano olvido hace mucho tiempo.
En un punto de la ruta se encontraba el sauce que cerraba lineas. Y frente a él, la casa de Poroto. Me sentí arrastrado hacia el galpón verde bien pintado. El galpón, que de chico me parecía tan hermético y profesional, Ahora apenas mas alto que yo.

Quise forzarlo, pero volví a mis cabales. Golpee la puerta de la casa, y a mi encuentro troto Coca, tan encorvada como firme, a desearme feliz día del niño. Es así, para algunos entrañables seres siempre seremos niños, no importa que nos dediquemos a desbaratar manifestaciones piqueteras o a regar flores de loto.

Luego de ponernos un poco al día, le pedí a Poroto ayuda en mi interminable pero apacible búsqueda del hacha.

Con una sonrisa suficiente, de ellas que tan claro nos hace ver la perseverancia de ciertas personas en siempre estar dispuestas a darnos una mano, se me adelanto en una carrera inevitable hacia el galponcito verde (ahora cometo la necedad de utilizar un diminutivo para con un símbolo de mi infancia). Se paro frente a la puerta, y la abrió en esa combinación de giro de llave y golpe seco en un punto que se resistía a develar los secretos de aquel recinto.

Manteles doblados, flechas quebradas, latas de pintura clasificadas en alguna tarde aburrimiento y metódica, herramientas que supieron domar madera, ladrillo y cal, que ahora disfrutan de una jubilación balanceante de un gancho que bien las guarda. Y colita, aquel jugueton híbrido entre el tío cosa y un perro con clase, acurrucado con sus mantas, sus 15 años y sus ñanas.

Me llevé un hacha de mano chiquito, que prometí devolver. La hoja estaba roma, el filo, como los años, se había apelmazado y encuadrado. Me despedí de esos viejos divinos y camine cuesta abajo espiando los últimos cañonazos al corazón del día, escupiendo a la noche luz y vigor. El verde, las hachas, el calor y las filas de árboles estoicas me siguieron de cerca, para mostrarme que el paso de los años, logra más que nada potenciar el misticismo y el romance con mi propia vida, restar en magnitudes y crear leyendas de hombres y mujeres justas que me hicieron quien soy. Recordé las tardes que mi abuelo cortaba leña y yo lo miraba maravillado. Recordé andar en bici con rueditas. Recordé jugar al ring raje contra vecinos que bien sabían quien los importunaba. Recordé los poliladron interminables, los pica para todos los compa que alguna vez tuvieron la magnitud que la corrida de un velocista olímpico. Los verdad consecuencia que siempre perdía por no entender la ingratitud de una joven dama que luego de 5 rondas le habían pedido 8 picos.
Y me di cuenta que el paso de los años lo único que hace es tomar cuenta y valor de los eventos entrañables, que no tenían significado alguno más que risas y diversión. Y eso si que no es poco. No es poco porque hacen a nuestra marca registrada. A nuestro código de barras.

Llegue a casa y todos me miraron socarrones. Habían acomodado las maderas y ya ardían en el hogar. El hacha, igualmente, no hubiera podido cortar ni una manzana. Pero ese no era el punto.

JPGMDL, más viejo (o más leyenda)

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