El Observador (o el ladrón de viñetas ajenas)

Cruza la calle aceleradamente, escapando hacia una rutina destacada por su total carencia de sorpresa. Lleva "chatitas" y una remera negra ajustada a uno de los tantos cuerpos rebosantes de gloria urbana y deseo ajeno. Se sabe observada, se conoce, desde pequeña, desde siempre, desde que caminaba de la mano de su papi o de su mami. Camina con la suntuosidad de un granadero fuera de servicio, en su propio planeta. Cae de repente a este plano, cuando choca con el hombre de marrón. Escucha cuarteto bien alto, mientras se dirige absorto hacia su trabajo. Ayer tuvo un día duro, se nota por sus ojos. Se nota en sus razgos. Como quien retoma un combate, que de tanto pacificar, se desvanece en un degrade opaco los restos para luchar. Llega a el subte.

Baja a la plataforma, importunando a los finos trabajadores que de tan distintos a este sujeto, viajan en transporte público. Eso sí, con mucho glamour. Solo una persona no se vuelve a mirar mal al hombre del pelo bayo. Ella solo fluye. Hace más de un mes que va al centro. Que tiene un sueldo. Que flamea de aquí para allá por la ciudad. Para ella no es rutina. Se pone los auriculares, que pomposamente relatan a un rubio depresivo británico que lo más duro que aspiro en su vida fue canela de su capuchino de 20 libras. Tiene tachas en un jean sobrio y modesto, que reviste un cuerpo ávido de amores de chica grande y auto-suficiente.

A lado de aquella mousse de chocolate con piel rosa, se mantiene erguido, cual señorito que no desentona, un pigmeo de 8 años. Ya sabemos la magia del tren bajo tierra para niños, borrachos y locos. Juega con algún aparatejo que en mi generación solo tenía el hijo de Bill Gates. Y por supuesto, para ser sincero con su alegría, sonríe marcadamente.
El corredor se puebla. Ni el chico, ni el obrero ni mi amor de mañana nº493 se bajan tras de
mi. Y guardo el cuaderno, en la mochila, mientras Luca me grita al oído "Hurlingam, yeahh". Y me
imagino cientos de miles de remolinos, historias cuyo punto de partida y final son el mismo.
Personajes inauditos, mágicos, convincentes y enérgicos, escenas clásicas y premios de la academia
Besos, aplausos y más besos.
Pero bajo a la tierra. Al piso. Al suelo. Al día. Salgo a la luz. Doblo la esquina donde estaba el
loco. y a la vuelta... Solo mucha, mucha white thrash, in Buenos Aires Town...

Descaradamente, JPGMDL


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Al angel le dejaron las alas en remojo. Lo hundieron en el oxigeno de la rutina, en vértigo del centro porteño para que inhale un poco de aire puro. Es interesante ver lo emocionante, aventurero y electrizante de la rutina diaria. Solo para descansar de esa habitación vacia donde ya no hay espacio para que vuelen más pensamientos.

EF

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