Luces lejanas (el flujo fluvial)
Buenos Aires de noche tiene tres aromas. Tierra mojada, aire fresco pero altivo y partículas dulces de movimiento.
La humedad de la transpiración de los pisos de hormigón descansa los viernes a la noche, cuando todos estamos dándole la masoquista sensación de dejadez a estas calles interminables. Sube a través de los poros de las losas y los canteros abonados con colillas de cigarrillo y cajones de termidor, filtrándose por nuestros estómagos y nuestras nostalgias. De las raíces corrompidas por la civilización occidental, oriental, indígena, ratona y noble, el himen de la naturaleza trata de recordarse a sí misma que bajo avenida 9 de julio descansa una prima lejana, que una vez, fue amiga de la pachamama.
El viento que peina a la brisa, que arranca sonrisas, recubre tus pasos o tus dejos, tus actos o tus sueños, tentándote cual sirena de barracas, herida por dentro, cortada en profundo, impoluta por fuera, como quien bien se pone la armadura de cristal, que no se rompe, sino aja todo por detrás. De los ríos llegan las luces cada vez más desconocidas, de los puertos y cargas llegan los vahos de hielo, de sorna y amores que se subliman y recrean treinta kilómetros más allá de la casa de cualquiera. Más allá de la ira de cualquiera.
Y cual polvo de diamantes, supuración de campanita, como dinero ancestral, de una duna cualquiera escondida a la vuelta de la vuelta de un lugar, comercia con nosotros, invitándonos a poner una luz dicroica a nuestro aparatoso espíritu que nos conmina a dormir, a reposar, a bajar la guardia para poder descansar.
Esta suerte de combinación, de disposición estratégica de tres elementos que una vez masterizados, pueden darnos el control de nuestras vidas en esta gran ciudad. Recuerden, que al nacer, o crecer, o vivir, o trabajar o estudiar acá, uno hace un pacto. No con un demonio digno de película. Ni con seres aterradores ni bizarros designios de halcones llevando vivoras con tripas afuera. Aceptar lo porteño, te hace parte de un sistema dictatorial donde la hiperpoblación y la deshonra te violan reiteradas veces, hasta que te gusta sentirte en este mar de desengaño que empieza en general paz y termina (en y con) nosotros. Pero de noche, de noche toma el poder nuestro propio loki. Un semidiós poderoso y lujurioso, poco labriego, irreverente y hedonista. Extiende su mano hacia nosotros, y con sus tres regalos, nos dice "esta es tu noche".
No importa que la mayoría de las veces nos mienta. Menos relevante aún es, que muchas noches sean destinadas a terminar en el mismo lugar de donde empezaron, con mucho menos efectivo y mucho menos resto físico.
Lo importante, es que esa deidad, no tiene maldad. Tiene picardía, atorrantez, algo de cipayez y más que nada, buenas intenciones. Lo que sucede, es que a menudo es embaucada por los abanderados de la vejez espiritual. Aquellos que debemos temer, porque su fin, es engrisar todo.
Su sueño nunca es lastimarnos. Nunca lo fue. Pero la interpelación nuestra nos lleva a recular ante un atardecer, porque ya sabemos que se viene. Y por que, más sencillo y relevante aún.
Los ocasos nos llenan de cuestionamientos y de dudas. Y se mofan de nuestra inmovilidad y angustia.
Si el alma pesa y los oídos no dan a basto de prepararnos bocetos y esquejes de guiones e intentos, camina por la reina del plata, con la mirada alta y los olfatos activados. Respira y sentí, rozando y tocando cada centimetro de la verdadera cara de una ciudad que nos vuelve ciegos durante el día, para que cuando el reloj hace sonar las diez de la noche, toda la magia de un braile sin coordinación nos guié en un viaje circular, bananesco, apócrifo, o incluso, alegre y jovial.
El dios del plata sabe más por viejo que por chanta. Pero igual sonríe, aunque a veces, no tiene ganas.
Juampi
La humedad de la transpiración de los pisos de hormigón descansa los viernes a la noche, cuando todos estamos dándole la masoquista sensación de dejadez a estas calles interminables. Sube a través de los poros de las losas y los canteros abonados con colillas de cigarrillo y cajones de termidor, filtrándose por nuestros estómagos y nuestras nostalgias. De las raíces corrompidas por la civilización occidental, oriental, indígena, ratona y noble, el himen de la naturaleza trata de recordarse a sí misma que bajo avenida 9 de julio descansa una prima lejana, que una vez, fue amiga de la pachamama.
El viento que peina a la brisa, que arranca sonrisas, recubre tus pasos o tus dejos, tus actos o tus sueños, tentándote cual sirena de barracas, herida por dentro, cortada en profundo, impoluta por fuera, como quien bien se pone la armadura de cristal, que no se rompe, sino aja todo por detrás. De los ríos llegan las luces cada vez más desconocidas, de los puertos y cargas llegan los vahos de hielo, de sorna y amores que se subliman y recrean treinta kilómetros más allá de la casa de cualquiera. Más allá de la ira de cualquiera.
Y cual polvo de diamantes, supuración de campanita, como dinero ancestral, de una duna cualquiera escondida a la vuelta de la vuelta de un lugar, comercia con nosotros, invitándonos a poner una luz dicroica a nuestro aparatoso espíritu que nos conmina a dormir, a reposar, a bajar la guardia para poder descansar.
Esta suerte de combinación, de disposición estratégica de tres elementos que una vez masterizados, pueden darnos el control de nuestras vidas en esta gran ciudad. Recuerden, que al nacer, o crecer, o vivir, o trabajar o estudiar acá, uno hace un pacto. No con un demonio digno de película. Ni con seres aterradores ni bizarros designios de halcones llevando vivoras con tripas afuera. Aceptar lo porteño, te hace parte de un sistema dictatorial donde la hiperpoblación y la deshonra te violan reiteradas veces, hasta que te gusta sentirte en este mar de desengaño que empieza en general paz y termina (en y con) nosotros. Pero de noche, de noche toma el poder nuestro propio loki. Un semidiós poderoso y lujurioso, poco labriego, irreverente y hedonista. Extiende su mano hacia nosotros, y con sus tres regalos, nos dice "esta es tu noche".
No importa que la mayoría de las veces nos mienta. Menos relevante aún es, que muchas noches sean destinadas a terminar en el mismo lugar de donde empezaron, con mucho menos efectivo y mucho menos resto físico.
Lo importante, es que esa deidad, no tiene maldad. Tiene picardía, atorrantez, algo de cipayez y más que nada, buenas intenciones. Lo que sucede, es que a menudo es embaucada por los abanderados de la vejez espiritual. Aquellos que debemos temer, porque su fin, es engrisar todo.
Su sueño nunca es lastimarnos. Nunca lo fue. Pero la interpelación nuestra nos lleva a recular ante un atardecer, porque ya sabemos que se viene. Y por que, más sencillo y relevante aún.
Los ocasos nos llenan de cuestionamientos y de dudas. Y se mofan de nuestra inmovilidad y angustia.
Si el alma pesa y los oídos no dan a basto de prepararnos bocetos y esquejes de guiones e intentos, camina por la reina del plata, con la mirada alta y los olfatos activados. Respira y sentí, rozando y tocando cada centimetro de la verdadera cara de una ciudad que nos vuelve ciegos durante el día, para que cuando el reloj hace sonar las diez de la noche, toda la magia de un braile sin coordinación nos guié en un viaje circular, bananesco, apócrifo, o incluso, alegre y jovial.
El dios del plata sabe más por viejo que por chanta. Pero igual sonríe, aunque a veces, no tiene ganas.
Juampi
Comentarios
Me dieron nostalgias!
Un placer de leer.
Beso.