The allowed one (el permitido, en brutish)

Escuchando la voz de negra más blanca, acá, en otra vez un lugar que no me corresponde por tiempo y espacio me permito un breve intermezzo. Una cucharadita de dulce de leche enterrada hasta el fondo del tarro a ver si sobró algo, como rasquetero o rasqueteante, mañaneramente mutilante.

Un desastre de predilección, algo así. Algo no tan así.

Me permito un escrito nauseabundamente nostálgico. Una oda a la nostalgia, al bajón anímico. No porque este triste o más triste. Sino porque en la movida de elogiar movimientos populares, es el turno de la nostalgia.

Que sensación más engañosa. Hija de la ausencia, nieta de la lágrima, y con un padre muy malhumorado como el despecho, la nostalgia viene a ser una especie de dulce descripción de un viejo anochecer.

No voy a ahondar demasiado porque puede llegar a diluirse la intención. Temo alterar la conciencia que maneja mi inconsciente en este mismo instante. Y pecar de antinatural, la creación cuasiprocesada, muy masticada.

Me permito dejar nota de este tan acaramelado momento. El punto medio en el cual no importa el nombre ni las miradas, ni el olor ni el dejo de desesperación ante un futuro extremadamente errático. Un espacio vacío por definición, y lleno por interacción.

Simplemente, un lugar o un espacio para decirme, dejatela pasar, no te lo tapes. No lo presiones como una cabeza de humano ante la mano de un robot dominador gigante, o la fusta en el lomo de un caballo que hace mucho que no repica más.

Un chupetín chiquito, como desganado, como imperceptible, como topográfico.

Un marroc, en promoción, que dura menos que un marroc en promoción. Pero igual queremos probarlo.

Me puse la campera, y me fui rengueando por atrás de mi casa. Verde, verde virginalmente fuerte. Una corriente de aire sospechosa y sopenca. Un paso para atrás. Me duele todo, mi caminar va lento, y mis ojeras indican que hace mucho que no me emperifollio para nada. Todo es una semana cercenada por un cuerpo que pide calma. A quien, de los de mi tribu, que pensamos con la cabeza, y actuamos con el alma, nos es grato dejar que la materia mande.Que lo real, pida pista para derrapar según dicta el manual.
Y la música, la música de su voz.

Ella se sentaba a cantar con su guitarra en inglés y luego nadie entendía de donde salía esa voz. Como mi humanidad, la parte hecha de carne, no va a desear solemnemente estar en frecuencia con ella. Como mi espíritu no la va a ovacionar mirando un poquito para abajo. Y diciendo...

"...Hace frío, ¿no?..."

Juampi, escuchando la banda sonora de la despedida del invierno, interpretada por la Eva Cassidy, vecina nuestra, habitante de un barrio donde el espíritu se torna realidad.

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