El viaje interior (tomate un que, tomate un bondi)
Basta con acercarse a la parada del colectivo para cumplir la primera parte del tramo de cualquier viaje. El trayecto es corto, pausado, somnoliento para algunos. Posee las características de una procesión para otros. Para mí, puntualmente, oscila entre una carrera contra el tiempo donde corro cuadras y cuadras, o una opción de resignación, donde pasa uno, lo dejo, pasa otro, lo dejo.
Subirse, implica, sin más, un chamamé viejo y pausado. Es decirle a un conductor, hacia donde vamos. Hay dos o tres formas de comunicarlo. Esta la forma meramente económica, en la cual se le sugiere un precio de boleto estipulado, el cual será abonado y terminará la transacción. Esta la forma engañosa, en la cual fruncimos el ceño, y pedimos un boleto más barato que la distancia real. Y esta el modo diálogo. Comienza con una pregunta sobre como llegar a un determinado punto, y si, se concreta dicha charla, puede abrirse un abanico de tópicos políticos, tópicos sociales, tópicos futbolísticos, sexuales (recordar las características de sexólogo de los taxistas, ya descriptas anteriormente), e incluso, conseguir, si se juegan bien las fichas, futuros viajes gratis, que como todos sabemos, causan mucha más satisfacción que el ahorro que generan.
Si la charla no prospera o no se intenta, uno mira hacia el fondo del colectivo. Puede orientarse hasta un asiento predispuesto con anterioridad, o, tal vez, simplemente puede darse la situación en la cual uno renuncia a su necesidad de descanso, y simplemente, toma la porte caballeresca de ofrecer cada asiento como si fuera de oro, y además suyo (estoy haciendo una clara proyección, suelo tomar propiedad espiritual de los colectivos, es como mi pequeño dominio de educación y gallardez).
Las charlas, son todo un tema. Poca gente se anima al intercambio social que casi divinamente se da en un colectivo de línea. Siempre hay excusas para cerrarse a un ipod, a un celular, a un libro. Lo destacable, es delinear y notar aquellos sujetos o sujetas, que están en el mismo marco esquizofrenicamente literario nuestro, y se disponen a charlar. Doy fe, que he intentado, en diferentes medios, comunicarme con gente. Lo he logrado desde ya, lo social es mi fuerte, pero no con los resultados que cabalmente muchos hombres casi contadores de placeres terrenales me exigirían. Lo importante es el deporte, la caza artística, la búsqueda del milagro cotidiano en cada vuelta de esquina o en cada parada del tren.
La gente baja y sube de colectivos como si nada. Aborda trenes, empuja subtes, descansa en micros, y consideran ese tiempo como perdido. Llegó la hora de avivar viajantes, de corta y larga distancia, para instalar en nuestra rutina un lugar más donde expandir nuestras redes de conocimiento.
(Luego de vociferar esto en voz alta, subió un guarda / boletero en carabobo y rivadavia y me bajó a las patadas al grito de loco. No entienden nada. Lo peor, es que se abrazó a la legalidad de instarme a pagar el boleto, cuando yo le recorde e insistí describiendo mi profunda aunque corta amistad y respeto con el colectivero. Este último no solo la nego, no me respaldó en mi defensa, y decidió, sin pena ni gloria, tomarme de un brazo mientras el chancho me tomaba del otro y lanzarme a lo sapito por la puerta principal del 85).
No importa el resultado. Lo importante, es la calidad del juego.
Imposible, Imposible no es nada
Juampi (devorador occidental de cultura barrial)
Subirse, implica, sin más, un chamamé viejo y pausado. Es decirle a un conductor, hacia donde vamos. Hay dos o tres formas de comunicarlo. Esta la forma meramente económica, en la cual se le sugiere un precio de boleto estipulado, el cual será abonado y terminará la transacción. Esta la forma engañosa, en la cual fruncimos el ceño, y pedimos un boleto más barato que la distancia real. Y esta el modo diálogo. Comienza con una pregunta sobre como llegar a un determinado punto, y si, se concreta dicha charla, puede abrirse un abanico de tópicos políticos, tópicos sociales, tópicos futbolísticos, sexuales (recordar las características de sexólogo de los taxistas, ya descriptas anteriormente), e incluso, conseguir, si se juegan bien las fichas, futuros viajes gratis, que como todos sabemos, causan mucha más satisfacción que el ahorro que generan.
Si la charla no prospera o no se intenta, uno mira hacia el fondo del colectivo. Puede orientarse hasta un asiento predispuesto con anterioridad, o, tal vez, simplemente puede darse la situación en la cual uno renuncia a su necesidad de descanso, y simplemente, toma la porte caballeresca de ofrecer cada asiento como si fuera de oro, y además suyo (estoy haciendo una clara proyección, suelo tomar propiedad espiritual de los colectivos, es como mi pequeño dominio de educación y gallardez).
Las charlas, son todo un tema. Poca gente se anima al intercambio social que casi divinamente se da en un colectivo de línea. Siempre hay excusas para cerrarse a un ipod, a un celular, a un libro. Lo destacable, es delinear y notar aquellos sujetos o sujetas, que están en el mismo marco esquizofrenicamente literario nuestro, y se disponen a charlar. Doy fe, que he intentado, en diferentes medios, comunicarme con gente. Lo he logrado desde ya, lo social es mi fuerte, pero no con los resultados que cabalmente muchos hombres casi contadores de placeres terrenales me exigirían. Lo importante es el deporte, la caza artística, la búsqueda del milagro cotidiano en cada vuelta de esquina o en cada parada del tren.
La gente baja y sube de colectivos como si nada. Aborda trenes, empuja subtes, descansa en micros, y consideran ese tiempo como perdido. Llegó la hora de avivar viajantes, de corta y larga distancia, para instalar en nuestra rutina un lugar más donde expandir nuestras redes de conocimiento.
(Luego de vociferar esto en voz alta, subió un guarda / boletero en carabobo y rivadavia y me bajó a las patadas al grito de loco. No entienden nada. Lo peor, es que se abrazó a la legalidad de instarme a pagar el boleto, cuando yo le recorde e insistí describiendo mi profunda aunque corta amistad y respeto con el colectivero. Este último no solo la nego, no me respaldó en mi defensa, y decidió, sin pena ni gloria, tomarme de un brazo mientras el chancho me tomaba del otro y lanzarme a lo sapito por la puerta principal del 85).
No importa el resultado. Lo importante, es la calidad del juego.
Imposible, Imposible no es nada
Juampi (devorador occidental de cultura barrial)
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