La invocación (tardes de sol)

Me pongo en posición incaica, anacrónica, enrollando mis piernas alrededor de si mismas, mientras la ducha castiga duro y parejo sobre los músculos adoloridos. Respiro como quien suspira branquialmente bajo el agua, resoplo y vomito por dentro vibraciones en las paredes de un cuerpo destratado en la vorágine de nunca parar el carro, nunca bajar un cambio, nunca decir que no a ninguna intención, menos aún, si era mía.

Masajeo el muslo que me pide a gritos detener esta brutal carnicería de salud, de hacer deporte una y otra vez, conservadoras, son mis extremidades. Pero no es tiempo de viejos sistemas. Profundizar el modelo es la tarea que debe llevarse a cabo, cuando el modelo amaga con ser el correcto. Tomando con soda la soda misma, tomando con calma, la calma misma.

Dejando restos de adivinanzas para las adivinadoras, y colocando las piezas en donde van, uno se vuelve un neurasténico de la paz mental. Convenciéndose constantemente de que todo esta bien, es como realmente se alcanza el equilibrio, siempre y cuando (y cuando no) las sugerencias sean motrices y no meramente enunciativas. Y no, meramente narrativas.

El agua ser copiosa no sabe. Fluye y fluye y el tiempo pasa. Las toses y los fluidos que luchan por llegar primero en la carrera por emigrar de mí, se toman un respiro, para disfrutar de tan grato momento.

El aire es puro fuera de casa, cuando no, el sol abrasa, cuando no,
Todo se quema a mi alrededor, como un incendio jovial, amistoso, plural. Un incendio de colores, abonado con combustibles de groso calibre y groso título.
Una fuente inigualable de pulcritud es el verde de un lunes que no corresponde. De una tarde que no debería ser así. De un día constante y normal, que cuando tomó lista, le hice pito catalán.


Como agarrando por sorpresa a una tarde, que solo existe porque yo estoy aquí (si no la viera no lo creería) me refugió en las letras un breve minuto, una breve porción de minuto, para homenajear a un día de desenchufe y caballerosidad.

Me refugió un ratito para que mi cuerpo entienda que esta revolución, que esta toma del poder, dista mucho de ser nociva, hiriente o cruel.

Me tomo un día para poder entender porque me gusta tanto estar aca.

La tarde me llama, y me pide, que la recorra. Que comparta junto con ella el calor pre primaveral que luego, en la semana, en la rutina, en el cemento, se encuentra escondido bajo alguna piedra filosofal, que, por ingnotos, nadie toma, y nadie se vuelve inmortal.

La tarde me llama, y me guiña un ojo, zorra, impoluta, atorranta y falluta. A cuantos le debe hacer lo mismo. Pero no importa, es cálida y tenue, sirenesca, envalentonadora, emborrachante, pero tan solo para hacerse aún más y más brillante. Abrumadora. Desintoxicante.

La tarde me llama. No la conosco. No la frecuento. No la beso, ni la rozo. No la escucho, no la veo, ni la quiero ver. Pero esta ahí, celeste. Perfecta. Pulida. Abrupta, recortada. Sinceramente, a su lado, hasta la noche parece una payasada.

La tarde me llama. Y como a toda dama, nunca es bueno hacerla esperar.

Atte.
Juampi

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