Los diferentes estadíos de la materia (o la cantidad justa de amiguismo que se necesita para transformar)

Estimados Lectores:
Me comunicó en una pública carta abierta hacia uds. para compartir en este día tan pero tan sincero un breve racconto de que es amistad para un mercachifle re - literato como yo.
No les voy a empezar a cantar con un fogón presente de Moris, o la de los enanitos verdes, o ningún otra guarangada espirituosa que siempre es bienvenida en este pseudoilustrado pero populachon corazón.
Yo les quiero decir porque creo profundamente en la amistad. Pero profunda e irrevatiblemente.
Una vez, hace mucho tiempo ahora, un ser pequeño de estatura, carente de ningún encuadre mental, y hecho de fierro, no de carne y hueso, subía por la escalera del policlínico bancario. Entra a una habitación donde estaba internado el padre de la madre de su mejor compinche. El abuelo, en una mezcla de sensaciones y de recuerdos atemporales (NOTA: La vejez trae como consecuencia relativizar la realidad, el espacio y el tiempo, no es tan malo como parece, por lo menos no para nuestras mentes) lo reconoce como un corredor de TC. Si, comienza a contarle a la otra persona que lo acompañaba, la hermana del alegre geronte, sobre el recién llegado visitante, que el en su juventud nunca había visto manejar a nadie como al pequeño ilustrado.
Cualquier joven, hubiera sonreído, hubiera hecho unas palmadas y se hubiera ido. Cualquiera menos ese petizo radioactivo.
Tomo una silla, y comenzó a rememorar carreras que nunca existieron, a hablar de épocas en las que el no había nacido, y a alegrar a aquel abuelo convaleciente. Se río bailes a los que no fue, de curvas que nunca dobló, de momentos que solo existían en el recuerdo confuso y casi épico del señor mayor. Se quedó hasta que el abuelo se durmió una siestita.
Hizo lo que hubiera hecho yo como nieto, pero mejor. Porque fue una determinación del alma. Tuvo ese gesto que nadie mejor que un amigo único lo hubiera hecho.
Y saben que es lo mejor de esto? Que El petizo orejudo nunca me contó el episodio. Me lo contó mi tía, que estaba cuidando a mi abuelo. El no sabe que yo conozco de la tarde que fue piloto de TC para que mi abuelo se pusiera contento.
La amistad, para mi, empieza por el gesto que ni uno mismo podría haber hecho mejor. Empieza por la imprevisibilidad total de una demostración de amor. Amor de machos, amor de Guapo, amor del día a día. O como quieran llamarlo.

Algún día, cuando seamos testimonio y nada más, cuando seamos aire en la oreja de algún juzgador, voy a argumentar, por mis palabras, o por lo que el ciclo de la vida me permita expresarme, que por alguien así yo dejo la vida, el alma, y si queda algo, envuélvanlo para llevar.
Les deseo, desde lo profundo de mi corazón, que encuentren, cuiden, conserven o mejor aún, irradien, sensaciones, gestos y realidades como la pequeña que acabe de compartir en estas breves líneas.

La vida bien vale un amigo con todas las letras.
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