La hora, yeferrí
Mitad payaso, mitad miedo,
vas sonámbulo de rabia tan mal cosida...
como Frankenstein.
Caballeros de la Quema - Cero mensajes en el contestador
Aca, en el caribe de la pampa húmeda, o mejor dicho, de la pampa humectada, me escucho un reagge salvaje. No es reagge convencional, es como una música de pájaros que te repicotean la bocha. Algo así.
Despido a una rubia de mi mente, no fija, no móvil, sino simplemente una rubia. Digamos que el color amarillo de pelo (no me vengan con la mariconeada del castaño claroscuro soleado por lo bajo, amarillo en la paleta rgb, rubia en el barrio). Es una pena que uno salude cada tanto a las mujeres perdidas. Como si todavía no se asumiese que el hombre es esclavo de las negaciones. La funcionalidad del sí es algo poco claro, no tanto como este texto, pero si trasciende al yo. Trasciende al casi yo. Al yo absoluto, al yo petreo, y a todos los yo que tiene los freudianos y lacanianos (se calcula que un estudiante o una estudiante de psicología ve en cada persona 12 distintas con varias patologías convivientes y armonizadas hasta cierto punto).
De tanto jugar con fuego, este pibe se piyo encima. Sigue el tono amistoso que supimos valorar y conseguir. Ajeno a todo continúo tipeando en la consola maquinas de hacer deseos o pajaros.
La tarde no tiene mucho para contar, digamos que a esta altura de la vida la emoción y el arpegio dinámico de una guitarra mental son esenciales para el día a día. Veo la hamaca paraguaya que me convoca a su interiores, pero también las zapatillas para salir a correr. La eterna dualidad del vago. Correr o no correr.
Tal vez opte por lo segundo. Abrir un poco los pulmones para no perder el buen gusto del espiritu verde libre en el verde. Para algo no vivo en la ciudad.
Ahi entró una brisa que me solicita que deje de perder horas al aire.
Me voy a perseguir el atardecer como el coyote al correcaminos.
Furibundamente, pero sin intenciones reales de alcanzarlo.
Chau
vas sonámbulo de rabia tan mal cosida...
como Frankenstein.
Caballeros de la Quema - Cero mensajes en el contestador
Aca, en el caribe de la pampa húmeda, o mejor dicho, de la pampa humectada, me escucho un reagge salvaje. No es reagge convencional, es como una música de pájaros que te repicotean la bocha. Algo así.
Despido a una rubia de mi mente, no fija, no móvil, sino simplemente una rubia. Digamos que el color amarillo de pelo (no me vengan con la mariconeada del castaño claroscuro soleado por lo bajo, amarillo en la paleta rgb, rubia en el barrio). Es una pena que uno salude cada tanto a las mujeres perdidas. Como si todavía no se asumiese que el hombre es esclavo de las negaciones. La funcionalidad del sí es algo poco claro, no tanto como este texto, pero si trasciende al yo. Trasciende al casi yo. Al yo absoluto, al yo petreo, y a todos los yo que tiene los freudianos y lacanianos (se calcula que un estudiante o una estudiante de psicología ve en cada persona 12 distintas con varias patologías convivientes y armonizadas hasta cierto punto).
De tanto jugar con fuego, este pibe se piyo encima. Sigue el tono amistoso que supimos valorar y conseguir. Ajeno a todo continúo tipeando en la consola maquinas de hacer deseos o pajaros.
La tarde no tiene mucho para contar, digamos que a esta altura de la vida la emoción y el arpegio dinámico de una guitarra mental son esenciales para el día a día. Veo la hamaca paraguaya que me convoca a su interiores, pero también las zapatillas para salir a correr. La eterna dualidad del vago. Correr o no correr.
Tal vez opte por lo segundo. Abrir un poco los pulmones para no perder el buen gusto del espiritu verde libre en el verde. Para algo no vivo en la ciudad.
Ahi entró una brisa que me solicita que deje de perder horas al aire.
Me voy a perseguir el atardecer como el coyote al correcaminos.
Furibundamente, pero sin intenciones reales de alcanzarlo.
Chau
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