La suspicacia (o como acaecer, acrecentar o disminuir)
Luego de un debate extenso, desde la órbita interna, nuestros mojados pensamientos se secan. Revelamos las fotos de unos negativos que en principio parecían obra de Andy Warhol, luego dándonos cuenta la normalidad y falta de arte que cacho, tito o una tipa, quien fuera o fuese hayan impregnado en nuestra cucuza una o varias imágenes mentales.
No conozco ser humano que se resista a la tentación que es imaginar un camino. Imaginar una situación. Idealizar un concepto, una persona, o lo que surja en el medio. Pero tampoco conozco demasiados que logren plasmar eso en el plano chato, aburrido y sin brillo lingüístico del día a día. O así lo creía.
Estoy repicando mi cabeza contra una pared de aire, buscando apuntes que tome de pensamientos reproducibles. No los encuentro; y sinceramente no los busque demasiado. Hoy no es un día para pensar. En realidad, no es una semana para pensar.
Cuentan las malas lenguas que soy un maquinador serial. Puede ser tomado como algo interesante de mi persona. O puedo sentirlo como una carga, como una prostitución. Cobro dinero emocional porque quien lo desee realmente me pase bosta por el alma y yo, lo aplaudo durante la ceremonia.
No tanto. Ni tan poco. Tuve mis épocas de autodestructivo. Como todo, la vida tiene ciclos y esos ciclos tienden a cerrarse. Si quedara o quedase espacio para la autoflagelación sería un enfermo desperdicio del nuevo trayecto.
Es por eso que ya no idealizo tanto. Fue una droga. Sensación de arrastre hacia los confines de mi mente que me Grita y susurra a la vez "...pensa, crea, viví, goza..." pero todo enfrascado en las cuatro paredes de hueso de mi terraza corporal.
Yo, que me etiquetaba como un adicto a las emociones fuertes, no era más que un sutil embustero. No soy rock & roll. Porque el movimiento, la dinámica, los terremotos suceden de mi cabeza para afuera. Si los (re) produzco puertas adentro, ¿Para que molestarme en intentar pispear si afuera hay condiciones climáticas pertinentes?
No creo más en las musas mesiánicas que van a venir a salvarme, a darme ese amor argentino de filmoteca, de oscares y de renombre internacional. No creo más en las gestas heroicas de ostracismo atómico. Y mucho menos creo que la felicidad pueda ser fruto de una gran bola, de un suceso magnánimo que nos deje a todos trasero mirando al sudeste.
(A todos... A mi. Comprenda mis manías corporativistas de compartir)
Respeto mis vicisitudes, mis encantamientos ficticios, mis recovecos, mis sombras y mis silencios. Respeto mis miedos. No los ninguneo. No reniego.
Me costo mucho apagar el incendio que genero una fogata mística, cuasi pagana, cuasi jesuita. Me dio mucho cansancio amalgamático desandar el camino por el cual me eche a rodar y a correr. Quemar las naves es algo frenético, íntimo y emotivo. Pero hay que tener saldo para pagarle al dueño del garage que nos vamos a poner de frente si no levantamos vuelo.
Pague las deudas, enterré los muertos, pinte las grutas, barrí el piso.
Ahora estoy ahorrando momentos, alegrías minimizadas, besos relajados, mimos picantes, aplausos profesionales, saberes académicos sobrios.
Siempre, genéticamente hablando, fui un despilfarrador. Un hedonista. No me arrepiento. Pero si producís 10 y gastas 20, a la larga quedáis en números rojos. Y cabalmente creo que el ahorro es la base de la fortuna. Sea dineraria. O Espiritual.
Cargando el chanchito con monedas celestes, y billetes de carne y hueso, JPGMDL
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