El patio del colegio (en un asteroide)

La bandera izada a media asta mientras los pibes corren alrededor del mastil, viejo, pintado, recuperado, donde los azulejos de alguna otrora pared de lujo hoy tienen ramas, están cubiertas por nada como bien recuerdo. Un patio enorme, extenso, con tantas entradas que sería el peor lugar para defenderse de una invasión o una toma de partidarios enemigos de algún bando que todavía no se individualizó. El director diciéndome que parezco un santito mientras toda mi estructura brilla de alegría por ser valorado por un superior que yo no elegí, y sintiéndome un niño adulto, un hombre superior, fruto de una impronta de sello medieval en la nuca. Buenos valores, buen corazón, pero un certero miedo a ser un atorrante, un pordiosero. Pavor arraigado bien profundo a la calle, a la brisa, a correr, a rebotar, a ser rechazado, a no ser querido, y la pelota rodando y yo atrás de ella tratando. Perdiendo y perdiendo, pero siempre resistiendo, con la enérgica convicción de que a veces uno no se conoce hasta que las papas se pasaron y son pure, y vos querías comer fritas, de las que engordan y tapan arterias.

Sin embargo, los niños borrachos no mienten y se te acerca la gente porque algo tenés, algo en vos es propio, tuyo y certero; una luz que no tuvo que ser forjada con horas de matemática ni de estudio severo. Algo que no fue premeditado, algo que no fue escrito en algún libro que algún día encontraré, leeré y prenderé fuego junto con todos los recuerdos del hombre disminuido por no ser "de bien", por no estar alineado con una conducta que nunca fue mía ni lo será.

Esa rebeldía idiota que se me tendría que haber dado a los 10 la vivo a los 27 con una suerte de salamandra de pensamientos que se alimentan de fuego y de impulso, mientras miro las nuevas olas venir, cada vez más altas, y si bien la tabla es barata y no tengo patas de rana para la ocasión, me mando igual, porque se, que aunque sea en algún momento, voy a ver el ojo de la ola invitar al último rayo de sol y romperé el haz de sal marina de un topetazo saliendo airoso y con estilo, como si supiera, como si siempre hubiera sabido, como barrenar, esta corriente huracanada de cristal.

Respirando profundo y aguantando los vientos en los pulmones, me elevo de araucarias, eucaliptos y paraísos en este mi lugar, en el momento en el que voy a estar por el resto del presente hasta que se vuelva futuro y así volver a empezar, una vez más, con la actitud pesimista de aquel que se sabe correcto en un mundo que te invita a no serlo.

Habrá que abandonar las ramas que se quebraron pero me atajaron, no sin agradecerles por los servicios prestados a la corona que hoy en día, todos los días me pongo, como amo y señor de este hermoso lugar que es el recoveco donde me siento a escribir.

Y aunque el huevo de la novela no se rompa y los fantasmas aún estén congelados en eter, se que existen, y que alguna vez, su creador, les dijo muy despacito al oído...

"atentos muchachos, ya llega la hora de salir a las tablas"
atentos muchachos, la lucha es ahora, sumaos, para no restar. Multiplicaos, o se dividirán.
Elevarse al cuadrado, tal vez es amor, y crecer.

Jonpol

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