La Fresca
Caminaba barranca abajo por un sueño algo mojado, algo locuaz y algo incauto, cuando la decimonovena picadura de mosquito me trajo al mundo de los vivos y despiertos. 5 de la mañana, martes, campo verde y verano creciente. Tome mis zapatillas y salí a caminar. Como ahora dentento vehículo, dije, porque no, unas vueltas por el universo nunca lastiman ni dañan a nadie. Comencé el trascurso de un día no muy agitado (me encargo de que sea así) con la apertura pulmonar propia de aquel que sobre su lomo no tiene ninguna presión excesiva. Simplemente me dejé flotar y llevar. Pero más que nada, andar.
Corría a velocidades propias de una persona conservadora y respetuosa de los caballos de fuerza cuando el amanecer me entro a chicanear por mi lado izquierdo. Concentrado en focalizar la vista, el sol comenzó a hacerme lero lero, a burlarse de mi incapacidad de disfrutarlo. Aceleré, enojado, histriónico, confuso y con la música a volumen mañanero hasta que mi organismo me desdeñó por completo. Me queje y pataleé. Pero no miré. Cuando se volvió parte de mi, cuando la luz ya no me molestaba, ni los pajaros chichoneaban contra mi y mi desdicha paisajista, frené en seco. Me bajé del auto, y como quien se arrepiente y pide perdón, mire hacia la nube naranja que cubría el asomo perplejo de una estrella singular, argenta si se quiere, universal, si se comprende.
Se dió cuenta al minuto que lo estaba mirando y centró su fuerza en mi. Me sonrío de lejos, me reflejó contento y austero, me sonrío, como dos viejos rivales que pasados los años y el tiempo olvidaron no solo las razones para chocar, sino también las razones para no congeniar. Antes de subirme al auto me dijo algo con sus rayos.
Algo que nunca me voy a olvidar.
Pero algo, que tampoco voy a compartir.
Solo los dejó con la moraleja que a mi mas me gusta cuando se trata de verano.
Los dioses del amanecer eran muchos y fueron cayendo uno a uno. Hoy son linyeras locos, personajes pintoréscos, mujeres ausentes, y pequeños sonrientes a través de ventanas de autos. El tiempo de los grandes mastodontes de energía terminó y solo nos queda este dejo atomizado de pequeños espectros felices de haberse liberado de ese trono enfrascante que es la divinidad media. Hoy pocos sabemos lo que es haber sido y ser tan relajadamente. En esa paz y en esa aurora. Los mensajes son recibidos y las llamadas atendidas. Y aquellos que no nos comprenden, que no nos cuidan, y que no nos respetan, serán condenados a la peor de todas las faltas y ausencias de la historia.
Aquellos que no nos comprendan, serán sentenciados a nunca vivir un amanecer con nosotros.
Me subí al auto, di la vuelta en U y me alejé de mi viejo amigo.
Sabiendo donde y cuando no nos volveremos a ver.
Sabiendo que alguna vez, amamos a la misma mujer.
Juampi
Corría a velocidades propias de una persona conservadora y respetuosa de los caballos de fuerza cuando el amanecer me entro a chicanear por mi lado izquierdo. Concentrado en focalizar la vista, el sol comenzó a hacerme lero lero, a burlarse de mi incapacidad de disfrutarlo. Aceleré, enojado, histriónico, confuso y con la música a volumen mañanero hasta que mi organismo me desdeñó por completo. Me queje y pataleé. Pero no miré. Cuando se volvió parte de mi, cuando la luz ya no me molestaba, ni los pajaros chichoneaban contra mi y mi desdicha paisajista, frené en seco. Me bajé del auto, y como quien se arrepiente y pide perdón, mire hacia la nube naranja que cubría el asomo perplejo de una estrella singular, argenta si se quiere, universal, si se comprende.
Se dió cuenta al minuto que lo estaba mirando y centró su fuerza en mi. Me sonrío de lejos, me reflejó contento y austero, me sonrío, como dos viejos rivales que pasados los años y el tiempo olvidaron no solo las razones para chocar, sino también las razones para no congeniar. Antes de subirme al auto me dijo algo con sus rayos.
Algo que nunca me voy a olvidar.
Pero algo, que tampoco voy a compartir.
Solo los dejó con la moraleja que a mi mas me gusta cuando se trata de verano.
Los dioses del amanecer eran muchos y fueron cayendo uno a uno. Hoy son linyeras locos, personajes pintoréscos, mujeres ausentes, y pequeños sonrientes a través de ventanas de autos. El tiempo de los grandes mastodontes de energía terminó y solo nos queda este dejo atomizado de pequeños espectros felices de haberse liberado de ese trono enfrascante que es la divinidad media. Hoy pocos sabemos lo que es haber sido y ser tan relajadamente. En esa paz y en esa aurora. Los mensajes son recibidos y las llamadas atendidas. Y aquellos que no nos comprenden, que no nos cuidan, y que no nos respetan, serán condenados a la peor de todas las faltas y ausencias de la historia.
Aquellos que no nos comprendan, serán sentenciados a nunca vivir un amanecer con nosotros.
Me subí al auto, di la vuelta en U y me alejé de mi viejo amigo.
Sabiendo donde y cuando no nos volveremos a ver.
Sabiendo que alguna vez, amamos a la misma mujer.
Juampi
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