Fue más el viaje (Dos Mil 11)

En el taxi se me ocurrieron mil y un formas de plasmar la idea abstractamente literal que voy a transmitir. Pero tantas vueltas que sería una montaña rusa emocional (como diría ted).

El año que se termina fue un año más. No por su normalidad, sino por el adverbio.
Fue más intenso.
Fue más rabioso
Fue más valiente.
Fue más comprometido.
Fue más jugado.
Fue más hermoso.
Fue más triste.
Fue más cansador.
Fue más entregado.
Fue más.

El 2011 me enseño a entender que la precaución espiritual no sirve en el instante de implosión, pero si en las jornadas que le sigue. Que la nostalgia no es un cuadro sino un pincel, y que Dalí era más normal de lo que muchos pensaban.

Crecer no por inercia sino por voluntad. Confiar no por costumbre sino por apostar.
Retroceder no por cobardía sino por impulsar. Dar no por los premios sino por las convicciones.
Creer, no por miedo, sino por valentía.
Querer, no por soledad sino por gusto.
Amar. Si, Amar.

Hace un año comenzaba el proyecto Nabucodonosor, verticalidad conquistadora de las inmensidades de mi vida.
Momento crisoleado de unión y de remarcación. Hace un año, mi paradigma se agotaba, sobrepasado por imposibilidades y frustaciones. Hace un año, la gente pensaba de mi unas cosas.
Ahora ve otras.

Hace un año, buscaba en lo platonicamente idiota el amor.
Hace un año, vivía con mi abuela, eterna y campante.
Hace un año, los rollos me poblaban el físico abandonado por changui mitológico.
Hace un año no hubiera tenido el valor de bancarme una culeada al orgullo.
Cinco culeadas al orgullo.

El 2011 me llevó a la verguenza, a la desazón, a la inmensidad que es la vida después de un timonazo de ahogado. Me trajo a un mar Sanbernardinamente Noviembroso.

Me volví a enamorar. Y con todo y sin nada. Volvi a sentir ese enano militante de izquierda que quería atarla a la cama con amor para decirle miles de veces los miles de lugares que una mirada al despertar de ella me llevaba.
Volvi a entender que puedo amar. Volvi a sentir el Te Amo, a flor de piel.

Y no importa el otro a veces, no importa nada más que uno.
Saberse confiado y jugado, es jugar con ventaja.
Es volar, y no tener turbinas.

Y no importar, no generar, no sentir, más que la propia voz gritando.
Pero no de susto.
Ni de expresión.
Gritando por querer gritar.

El 2011 me saco a mi compañera de cuarto, para convertirme en un nieto, y dejar de ser el hijo engache centrodelanteramente cinco.

Si alguien me pregunta si yo me esperaba una pizca de lo que paso, o me mostrara un trailer de mi vida, jamás podría comprender como fue que todo paso por arriba de nuestro espíritu. Pero no nos lastimó.
Nos deslumbró con el sonido de avión sobre nuestras nucas.

Este año fue la demostración de que yo, Juan Pablo González Manrique de Lara, puede tener una vida de felicidad y de tristeza. De proposición y disposición.

De carne y hueso. No de Deidad Sopenca.

Y no importa que deparen los caminos, lo bueno, es que deparan.
Que no estan asfaltados de previsibilidad ni de esperma industrial.
Ni de flujo ancestral.

Son de carne y hueso. Como yo, como vos, como ella, como el, como aquel.
Como aquellos que alguna vez se sentaron a la vera de la vida a verla pasar.

Yo soy quien les viene a contar que atrás de todo el dolor, el pánico y la locura, siempre carajo, siempre esta la sonrisa.
Y si no aparece, esta el pefrume y la mirada.
Y si no se capta, va la prescencia. Que nunca cuesta y siempre paga.

La punta del dedo de mis zapatos de helecho me cuentan que he gastado mis suelas más de la cuenta. Y si bien estoy cansado, estoy.
Estoy algo
Estoy sano
Estoy vivo
Estoy soñado.

Si bien la noche se hace dura, miles de noches arranca, donde la cordura y la camadería son el rictus de sensación que obliga al corazón.

La muela del superado se cae a la primera carie de sentimiento.
Es por eso que no niego el dolor, ni la bronca, ni la impotencia.

Pero la siento, que es lo que importa.
Lo siento.
Que es lo que cuenta.

Ayer hubiera cumplido 92, el hombre que alguna vez, me dijo perla, me dijo chichi, me dijo genio, me dijo poderoso, me dijo.

Ayer hubiera cumplido 92 aquel que sostenía que de Time is Money, que más vale perder un amigo que medio metro de tripa, o dejalos pasar, a donde van, con que apuro.

Ayer hubiera cumplido 92 el hombre que estaría orgulloso de mí al ver que vencí, después de mucho tiempo, al enemigo más dispuesto a tocarme el culo, a degradarme y forrearme. A mi mismo.

Ayer hubiera cumplido 92 un hombre que estaría orgulloso de los huevos que deje en el gallinero de este año.

Y como no está, no me queda otra que hacerme cargo y entregarme la cucarda que el no hubiera vacilado en darme, aún así hubiese fracasado, con las inscripciones de "...Juan Pablo, estoy orgulloso de vos.
Ahora que tenes registro, pone primera y arrancá..."

A ese hombre, y a mi viejo, A mi madre y a mi abuela, pero en especial a Mi, les dedico la frase final de una gran pélicula como es El Gran Pez.

"...Un hombre cuenta sus historias una y otra vez, hasta que se convierte en ellas. Y así, se vuelve inmortal..."

Hacia lo humildemente eterno.

Juan Pablo

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