Enchapado a la antigua (flores no tan rotas)

Hoy le compre flores a mi abuela. Puede parecer algo rudimentariamente cliche, pero es el cumpleaños. Y bien se sabe que cuando se dan fechas como estas, uno cae en lugares comunes. ¿O no tanto?

Lo que no me fue típico de dicho episodio, tomo lugar en el 85 (claro está, que macho no es quien compra flores y las sube a un taxi, sino el que recorre un trayecto de 10 minutos sobre un colectivo atestado con el fin de llegar a su hogar).

Tomé asiento para acomodarme, mientras escuchaba uno de los 300 programas de Dolina que recientemente, en un ataque de fanatismo intensificado, baje a mi teléfono. A mi lado danzó una imagen algo bizarra, pero luego de la semana, el cansancio y aquellos impulsos erotistas poco mesurables, me dispuse a inspeccionar por inercia deportiva las curvas recientemente adquirientes de un boleto con monto incierto.


Me llevó pocos segundos el darme cuenta que se trataba de una mujer (señora, sostendría por educación, pero dudo de su estado civil más que de la virtud literaria de Paulo Cohelo); se posó sobre el soporte metálico para personas con dificultades móviles - devenidos por el uso general de la población en semiasientos poco confortables - y me comenzó a mirar fijo con una mueca poblada de ternura. No me escudriñaba a mi, ni a mi incipiente belleza -calificada y clasificada por resignación sociológica (no es que sea lindo, es que de tanto tratar capaz que me convencí un poquito). Sino que cobró interés por los 6 claveles regordetes envueltos en una circunferencia plástica. Y en que podían significar. Tal vez…
Una declaración destinada a quedar en la memoria de un matrimonio eterno, casi interminable; un pedido de hospital para un enfermo querido; un recuerdo, el oasis de un día desértico en el cual, por más espejismos que pudieran aparecer, por más tormentas de arena que nos cegaran la vista y el corazón, aún nos arrastraban a comprar un ramo de rosas por la primavera, el color o la razón de la expresión y su eterno salvataje de la rutina imparcialmente salvaje de nuestro existir.
Un recuerdo de una historia que no fue. Una gentileza a una compañera de habitación. Una mentira piadosa. Un crédito fiscal en el balance siempre dibujable y pocas veces presentable de una relación. O simplemente un sueño en forja.

Y yo me sentí que todavía quedan personas impresionables en el mundo, empezando por mí. Y se respeta, con una sonrisa, con una pequeña caricia al alma aquellos hombres que entendemos que las mujeres, algunas más, otras menos, algunas mucho otras poco, merecen flores, pétalos y, por sobre todo, sea quien sea la homenajeada, merecen un desfile épico con ramo en mano diciéndole al mundo que la vieja escuela, no cerro, no está de paro, no está tomada, no fue desvirtuada, ni desdoblada, ni intervenida, ni sujeta a plebiscito, ni refutada en 678, o cuestionada en TN. La vieja escuela no se negocia, no se entrega y no se rinde.

No pedimos grandes contribuciones; No a una matriculación cara y rubricada. No reclamamos justicia etaria o étnica. Solo les decimos "entren y vean".

Las flores serán ridículas para algunos, cursis para otros, trilladas para los más innovadores que aman por twitter y besan por facebook, ni hablar de los parlanchines del messenger.

Pero un buen ramo de rosas, o unos tulipanes, o clavellinas, todavía mantienen mensajes claros, en una época de trastexualidad, transgiversión y mutación de la palabra y los significados claro. Las flores contienen El Mensaje que nosotros, los hombres extraños, caballeros, en extinción, portamos como guardianes de un honor perdido. De una hombría machacada por corrientes de pensamiento y de comportamientos tan pero tan endebles como los individuos que las esgrimen.

Portamos un Secreto corto, sencillo, modesto que solo la persona que las recibe lo conoce. Y le es revelado, en el momento en que sus ojos comprenden que la llave a ese conocimiento guardado en lo profundo de su interior, ha sido entregada.

Blandimos un sentimiento sin vueltas. Con sus desdichas y sus errores. Pero Claros al Fin

A la salud de todos los que corrieron los doscientos metros con ramo y obstáculos, por que lo hagan muchas veces más.

Su Lustradísima, dedicándole a su abuela, en su cumpleaños número 85, la valentía y la belleza, encarnada en un capullo, o simplemente en ella, una mujer, de la gran vieja escuela.

JPGMDL

Comentarios

Entradas populares de este blog

Anaksunamun (o como, hasta a "la momia", con todos sus poderes, le metieron las guampas)

Onomatopeya de sonido glutural emitido con el esofago con rudimentaría bronca (o también "Mmmmmmmmmrrrrrrrr")

Carta para un amanecer (leela cuando puedas)