El invierno del mientras tanto (Temores de esperar)

Hay silencio en la parte trasera de mi casa. Estoy congelado esperando que el clima caliente o que los días pasen. No encuentro una forma muy acertada de pedir por favor a la gente y al resto de la población que entienda qué es lo que estoy haciendo hoy.
Se piensa que uno debe tratar de acortar la brecha entre el riesgo y la tranquilidad. Piensan que el riesgo que uno asume al saberse con un objetivo puede ser medido o contenido. Piensan que los saltos al vacío se dan cuando uno no crece. Cuando uno es realmente joven. Hace mucho tiempo que vengo incubando un deseo solemne de saltar al remolino del futuro. Y no lo hago porque espero que me empujen. Ojo, no me estoy justificando. Estoy simplemente siendo realista, para poder enfrentar la hoja en blanco hay que estar armado de superpoderes.
Una vez que la mano afloja y la tensión se dobla las cosas comienzan a mostrarse amenas o atractivas. Una vez que el alcohol o la sustancia entra en el torrente sanguíneo ese empujón autoinducido te puede quitar el temor al letargo existencial de dejar el tiempo pasar. La autorreferencia siempre fue un fuerte sagaz, intrépido y egoísta con el cual me gusta jugar a que saldo cuentas y que no nos vemos nunca más. Siempre salgo perdiendo, pues me es cómodo como punto de partida.
El crear desde el punto 0 no existe ni existirá jamás. Todos comenzamos desde una base. Una idea. La primera es la enferma, la loca. La cual nos guía hacia montón de azúcar espiritual que consumimos; ese que nos llena, nos ceba y de ahí en más ya está. Desde ese momento no queda otra cosa en tu vida que persigas salvo lo que te hizo sentir loable. Lo que te hizo sentir capaz.
Te armas de una ráfaga de autoestima, construís una porción de humildad, preparas las manos, te lavas los ojos y te pones a escribir sin pensar si alguna vez vas a poder ser un poquito más constante. Un poquito más sagaz.
Le das una oportunidad al chivo expiatorio de tu rutina demencial para saberte útil y saberte fiel a tu misión última que es escribir y crear. Te sonás la napia, te arreglas la barba y te ponés a luchar contra la hoja en blanco que te desafía. Que te dice que esta vez no podes demorarlo más.
El arco se tensa. La flecha se calza. Y todavía no te das cuenta que esperar es al pedo cuando el objetivo ya está en frente y lo único que hace falta es que dispares. De una vez por todas y así, como vos bien sabes disparar.
No le temés al círculo con colores con un centro de rojo que vale 100 puntos. Sino, no te hubieras puesto a jugar.
Sino, no estarías escribiendo esto mientras lees la línea de arriba. Mientras dormís caminando y de día. Mientras las hojas de los árboles tienen un amarillo sucio de tanto respirar. Mientras vos llegas a estar en el lugar que siempre, nunca, siempre, nunca quisiste estar. A la vera del barco, a la orilla del río, olfateando el bosque tropical en el que tu alma se va a mandar.
Jonpol

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