Que hacer en casos de falta de inspiración (guía para conseguir el mejor texto sin escribir palabras)

Hace algunos momentos que estoy tratando de aliviar el calor que siento con la ventana del colectivo abierta y la mirada furtiva en el calendario esperando 6 días hábiles para mis vacaciones en el barrio. Bastante locales de por si ante la temible y convocante resolución de lavarle la cara a mi hogar.

Intuyo que esta mañana, en la cual mis mocos cuelgan del interior de mi napia el aire está más puro que lo habitual. Creo que es la falta de pucho. En este diálogo conmigo mismo no hay reproches sino un despertar. Capaz será que el conjunto de decisiones que tomé en los últimos meses depusieron mi integridad como pichón de escriba egipcio adaptado al siglo XX. No me voy a exigir ser un adelantado porque mi psiquis no dará el brazo a torcer.

Tampoco pretendo deslumbrar, menos aún iluminarme. El camino de retorno hacia el ordenado estado de salud que me provoca escribir es la recompensa suficiente para este tipo de menesteres y en este tipo de situaciones.

No se que me deparará este año pero creo que mi entrenamiento me impide quedarme con los brazos en cruz cayendo hacia el zenit, como diría el flaco Spinetta mientras busca la bengala que se le perdió.  Me aburre esperar. Por eso me invito a salir como un perro rabioso pero con consciencia de ello a rastrear el paso de aquellas agentes del destino con mucho para compartir.

Y así descender al valle de la fluidez sin mayores perjuicios que haberme lastimado los cayos del lado sedentario de mi espíritu circundante.

Ni siquiera un daño colateral. La famosa apuesta ganadora.

La vieja y peluda, apuesta ganadora.

Repartan las cartas. Carguen el cubilete. Busquen los dados. Desempolven la Taba.

Llego la hora de jugar un rato. Una vez más.

Jonpol.

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