Musica de fondo para cualquier siesta animada.

Aturdido por la tranquilidad, tanta libertad que otorga la rutina holgada de las vacaciones, me arrojo camino por camino dirigiéndome hacia algun lado urbano. Con edificios y lugares amplio molestos. Escucho música escéptica que criticaba a los políticos ferozmente neuróticos de los setenta, pero no desde la pornógrafa postura de un militante, sino desde la dócil mirada de sui generis. Una suerte de cúmulo de lasers me tocan superficialmente mientras trato de no sucumbir a la sinonimia y a tratar las mismas ideas una y otra vez. O a hacer las mismas cosas. O a estar atrapado en una superficie que cada vez revela menos para darme. Como intentar cosechar un campo derruido por la explotación sin descanso. 

El miedo que conlleva el poder hace que a veces no valore todo mi obrar. Aunque más que autoevaluación lo que se requiere en estos momentos es acción. La crisis del aparato interior es producto de inacción.  Y eso hace que el motor se detenga y no entre en combustión.  Doloroso y fecundo para el mundo de las ideas pero nocivo para la percepción de un cuerpo a prueba de errores pero sin mecanismos secundarios de inicialización. Como alguien que se olvido de ir para adelante. De buscar y hacer todo lo que tiene a su alcance para lograr su cometido.

Cual es tu objetivo, me solía preguntar un amigo mío. Nunca pude esbozar la respuesta. Lo único que usaba de escudo era esta certeza de ser. De ocupar un escaño en la vida diaria de mucha gente.

Hoy eso no alcanza. No por poco vigente o por cambios en los valores pétreos que me definen como persona. Sino por la falta de apetito o interés que me gobierna por estos días de Enero quince.

Debo llegar a la escotilla donde se enciende el radar. Y una vez prendido, sabre de que se trata esta misión que llegó en sobre cerrado por vía directa entre mi mente y mi intuición.

Pruebas si, inferencias no.

Jonpol.

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