La musas, las verdades, los caminos.
Todas las carreteras tienen una barrera de peaje que nos hace parar en seco y esperar que alguien nos cobre, no sabemos porque, es siquiera un reflejo.
Venía caminando derecho hacia el auto y se me ocurrió la brutal idea de ir a pasear. Uno a veces vive la vida tan de repente que no se toma una mañana para deambular sin un norte.
Me subí al golcito, que a esta altura tiene más defensas que Mayweather.
Se escucha de fondo, Uka chaca Uka Uka, no puedo parar este sentimiento, chica, tu no te das cuenta lo que me haces a mi.
¿Y entonces, porque no?
Descendí hacia las profundidades de la Argentina a través de la ruta 9, en busca de Rosario como primer meta de llegada. Para distenderme, y respirar el aire de una ciudad que sí sabe usar el mar, pero que le dieron un río. El Missisipi Argento.
Buscando quesos caseros para matar el alma de gordo y consumista, atravesé San Nicolás, y se me antojó bajar soberanamente pronto, donde viera un monte o una arboleda que me diera la sensación de sombra y redención. Básicamente, que estuviera fresca la zona de acampe que planeaba utilizar brevemente. Se oscureció repentinamente el cielo, debido a una tormenta que se aproximaba bastante decidida a acabar con mi inmovilidad mental.
Las primeras gotas contra el parabrisas hablaban en inglés del manso tamaño que poseían. Me hicieron estacionar el auto al costado del camino. Me bajé y derrapé por el costado de la autopista y me metí en lo que en ese momento yo ya había declardado bosque, basado en mi acervo de conocimiento bastante bruto conformado por un ochenta porciento porteño. Y exagerado como todos los que tenemos un poco de tano en la sangre.
Encontré el camino de piedritas y le mandé caminar. El aire que pasaba alrededor de las ramas hacía que saludaran atentas. Parecía hecho solo para mí, como si la naturaleza se hubiera preocupado durante unos segundos por mi bienestar particular. Me desasné un poco de pasto y me quedé esperando que me viniera a recibir el casero. En cambio venía caminando la hija, se ve que no era la que ordeñaba a las vacas sino más bien la que pagaba el sueldo.
Pelo cobrizo, iluminado por los relámpagos y mi hambre de pelirrojas, me miró con sorpresa y con la pizca de sobresalto que todos deseamos tener una tarde aburrida de verano.
- Te perdiste....
- No, en realidad, no me vas a creer pero necesitaba caminar 5 cuadras con árboles a los costados.
- Mmm, me suena raro eso, pero bueno, mi viejo tiene un tremendo escopetón si te portas mal.
- Y si, es lógico
- Entonces, ¿querés caminar? eso lo podes hacer en cualquier lado, pero no te voy a negar que está bueno. Yo cuando puedo me vengo a visitar a los viejos, si no tengo parciales.
(...Vivía cerca, seguro...)
- Estudias en Rosario.
- Ingeniería agrónoma en Campana city.
- Ah mira, yo soy de Matheu...
- Tengo amigos de allá. Zafaste, pasá.
- Bueno disculpa que te jodí. Me vuelvo al auto si no te cayo bién.
- Pasá, no seas boludo... con esa barba no podes ser chorro, a lo sumo terrorista. Pero no chorro.
- O tenés buena percepción o sos muy intuitiva.
- Y vos sos alto chamuyero jaja, camina dale. Despejate.
- Juan Pablo, vos?
- Malena, Malena Ansaldi.
Me dejo de recuerdo una mirada y el nombre pal feis.
Se volvió a las casas, y yo caminé como media hora barranca abajo.
Me senté al lado de una bomba de agua del año 45, le faltaba cantar la marcha nomás. No tenía monedas para tirarle, ni deseos que no considerara alcanzables como para entregar su existencia a la suerte. Entonces me dedique a observar. Simplemente a observar, con el pantalón mojado por la lluvia que había quedado en el pasamanos de lo que alguna vez habría sido un tambo, ahora sin techo. Ni chapa. Ni vaca.
Venía caminando derecho hacia el auto y se me ocurrió la brutal idea de ir a pasear. Uno a veces vive la vida tan de repente que no se toma una mañana para deambular sin un norte.
Me subí al golcito, que a esta altura tiene más defensas que Mayweather.
Se escucha de fondo, Uka chaca Uka Uka, no puedo parar este sentimiento, chica, tu no te das cuenta lo que me haces a mi.
¿Y entonces, porque no?
Descendí hacia las profundidades de la Argentina a través de la ruta 9, en busca de Rosario como primer meta de llegada. Para distenderme, y respirar el aire de una ciudad que sí sabe usar el mar, pero que le dieron un río. El Missisipi Argento.
Buscando quesos caseros para matar el alma de gordo y consumista, atravesé San Nicolás, y se me antojó bajar soberanamente pronto, donde viera un monte o una arboleda que me diera la sensación de sombra y redención. Básicamente, que estuviera fresca la zona de acampe que planeaba utilizar brevemente. Se oscureció repentinamente el cielo, debido a una tormenta que se aproximaba bastante decidida a acabar con mi inmovilidad mental.
Las primeras gotas contra el parabrisas hablaban en inglés del manso tamaño que poseían. Me hicieron estacionar el auto al costado del camino. Me bajé y derrapé por el costado de la autopista y me metí en lo que en ese momento yo ya había declardado bosque, basado en mi acervo de conocimiento bastante bruto conformado por un ochenta porciento porteño. Y exagerado como todos los que tenemos un poco de tano en la sangre.
Encontré el camino de piedritas y le mandé caminar. El aire que pasaba alrededor de las ramas hacía que saludaran atentas. Parecía hecho solo para mí, como si la naturaleza se hubiera preocupado durante unos segundos por mi bienestar particular. Me desasné un poco de pasto y me quedé esperando que me viniera a recibir el casero. En cambio venía caminando la hija, se ve que no era la que ordeñaba a las vacas sino más bien la que pagaba el sueldo.
Pelo cobrizo, iluminado por los relámpagos y mi hambre de pelirrojas, me miró con sorpresa y con la pizca de sobresalto que todos deseamos tener una tarde aburrida de verano.
- Te perdiste....
- No, en realidad, no me vas a creer pero necesitaba caminar 5 cuadras con árboles a los costados.
- Mmm, me suena raro eso, pero bueno, mi viejo tiene un tremendo escopetón si te portas mal.
- Y si, es lógico
- Entonces, ¿querés caminar? eso lo podes hacer en cualquier lado, pero no te voy a negar que está bueno. Yo cuando puedo me vengo a visitar a los viejos, si no tengo parciales.
(...Vivía cerca, seguro...)
- Estudias en Rosario.
- Ingeniería agrónoma en Campana city.
- Ah mira, yo soy de Matheu...
- Tengo amigos de allá. Zafaste, pasá.
- Bueno disculpa que te jodí. Me vuelvo al auto si no te cayo bién.
- Pasá, no seas boludo... con esa barba no podes ser chorro, a lo sumo terrorista. Pero no chorro.
- O tenés buena percepción o sos muy intuitiva.
- Y vos sos alto chamuyero jaja, camina dale. Despejate.
- Juan Pablo, vos?
- Malena, Malena Ansaldi.
Me dejo de recuerdo una mirada y el nombre pal feis.
Se volvió a las casas, y yo caminé como media hora barranca abajo.
Me senté al lado de una bomba de agua del año 45, le faltaba cantar la marcha nomás. No tenía monedas para tirarle, ni deseos que no considerara alcanzables como para entregar su existencia a la suerte. Entonces me dedique a observar. Simplemente a observar, con el pantalón mojado por la lluvia que había quedado en el pasamanos de lo que alguna vez habría sido un tambo, ahora sin techo. Ni chapa. Ni vaca.
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