Herética (Profética)
Tenía un tatuaje como anillo en el dedo del medio del pie izquierdo, que arqueaba un poquito para arriba cuando le pegaba en sol en la cara, durmiendo de a segundos mientras tomaba color y las pecas le crecían de tamaño y forma. Respiraba el aire de la laguna artificial que el viento se encargaba de repartir homogeneamente por todo el área de la pileta. Era grande, con dos palmeras, como si fuera una dote caribeña arrojada desde un avión en el medio del campo.
Se toma la cara un segundo para abrir entrecortadamente los ojos y realizar un desplazamiento de su foco de atención. Mira el canterito donde tiene los anteojos, se aproxima media en cuclillas, media arrastrándose como un lagarto decente y vistoso. Se los coloca y asoma la pierna derecha al agua para percibir su temperatura. Esta caramelo. Muy caramelo. Se mete hasta la mitad, por la parte bajita, con la remera de the who medio mojada y unos auriculares que arrastra a un discman más viejo que el pedo que se tiró el inventor del walkman.
Gira incesantemente - y así se lo ve por el vidrio plástico de la tapita - un cd de calamaro, arrugado por los años de reproducción incesante. Alta suciedad, sino no hay otra explicación. Camina en rededor, en círculos, haciéndole catarsis a las nubes que quieren tapar con decisión su fuente aparentemente inagotable de bronceado.
Espera, pero no inquieta, sino convencida. Trata de amenizar a través de los alambrados que aíslan al resto de la humanidad de ese cacho de oasis.
Se le acaba la pila al aparatito, deja los auriculares y se descuelga los anteojos.
Ve una nena entrar corriendo con malla enteriza por el costado, sosteniendo una ballena inflable. Una orca asesina, pero que sonríe. Tras de ella cinco o seis pulgas más, que se ponen a hacer piruetas en el aire. De pansa, de palomita, vuelta triple mortal para atrás (no tienen huesos, a esa edad son puro cartílago energético).
Se siente extraña, ajena y a la vez parte. Se acerca a la nena mientras la bruma se va deshaciendo y recuerda a los chicos que fueron sus amigos, sus novios, sus filos. Sus verdad y consecuencia. Sus compañeros de carrera.
Ella sigue sola, Maquillada aún y con el traje de puerto madero en el baúl, noviembre no es tan feroz como enero. Se saca la malla, se saca el futuro, toma envión y se tira repicando en el borde y cayendo con un cuarenta por ciento de su cintura en el agua.
Cuando se hunde, el agua la recubre y la limpia, demostrándole, que por más que pasen los años, no hay nada más reconfortante que un buen chapuzón.
Espera, pero no inquieta, sino convencida. Trata de amenizar a través de los alambrados que aíslan al resto de la humanidad de ese cacho de oasis.
Se le acaba la pila al aparatito, deja los auriculares y se descuelga los anteojos.
Ve una nena entrar corriendo con malla enteriza por el costado, sosteniendo una ballena inflable. Una orca asesina, pero que sonríe. Tras de ella cinco o seis pulgas más, que se ponen a hacer piruetas en el aire. De pansa, de palomita, vuelta triple mortal para atrás (no tienen huesos, a esa edad son puro cartílago energético).
Se siente extraña, ajena y a la vez parte. Se acerca a la nena mientras la bruma se va deshaciendo y recuerda a los chicos que fueron sus amigos, sus novios, sus filos. Sus verdad y consecuencia. Sus compañeros de carrera.
Ella sigue sola, Maquillada aún y con el traje de puerto madero en el baúl, noviembre no es tan feroz como enero. Se saca la malla, se saca el futuro, toma envión y se tira repicando en el borde y cayendo con un cuarenta por ciento de su cintura en el agua.
Cuando se hunde, el agua la recubre y la limpia, demostrándole, que por más que pasen los años, no hay nada más reconfortante que un buen chapuzón.
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