Autopista Matheu San Bernardo.
A veces suceden historias que, contra todos los pronósticos, te pasan. Tal vez debería obviar este discurso, pero lo siento. Y creo que todos debemos ser respetuosos de nuestros viajes de ida. Sobre todo porque salió caro el boleto. Y sino los recordamos con la actitud y la valentía que se necesita, porque si, hay que ser bravopara recordar, jamás lo volveremos a vivir.
Un día yo estaba en San Bernardo, pasando unas vacaciones, de esas en las que te sentías de 30 años. Y habías cumplido 20. Había unas vecinas. Nunca interactue, hasta que me quede sin los amigos. O mejor dicho, hasta que una rubia me toco la puerta y me pidió azucar. Yo, le terminé dando un ventilador.
Ese es el problema de mi forma de ver estas situaciones. A mi me piden un endulzante y yo les ofrezco un electrodoméstico. Digamos que me deje convencer, venía rengo por correr en vidrio, o nadar en barro. Y fue algo muy cálido en momentos de frío. Y no te hablo de esos inviernos , te hablo del escalofrío que no te calma ni con dos bolsas de agua caliente y una colcha. Un frío letal. Que me define a la hora de la verdad. El temor a conocer. El frío del miedo por mirar a los ojos a una flaca y perderse un rato, sin pedir que nos pongan en andas y aplaudan en la playa.
Que no nos encuentren, que nos quedemos un rato ahí.
De ese celeste verdoso estaba echa la sonrisa con la que me miraba. Y así y todo, con los remos agujereados, salí a navegar.
Cometí el error, de disfrutar con mesura. De no aprovechar hasta la total extirpación de toda humedad acaramelada de esas gambas. De no haberte comido todos los días un wok en la espalda. De no poder ver más allá de las circunstancias e inmolarme en un maremoto de soledad.
Pero me hizo romper ese sello, que tanto pico de loro destruyo. Ese que uno se pone para no entregarse del todo a que te despierten. A que venga esa mina que te haga respirar piel. Y que se te rompa el tabique de olfatearla. Eso es lo que todos buscamos.
Dice Dolina, que el que olvida, jamás, jamás podrá ser nuestro amigo, ni ahora ni cuando nos volvamos a encontrar otra vez y para siempre.
Por eso, no tengo más que decirte, a la distancia, a tus imperceptibles lecturas, a tu amor consumado, a tu familia en camino, que seas muy feliz rubia.
Y agarren todo el armamento que puedan encontrar en el fondo del placard de sus almas a chorro de gas, y salgan al sol.
Me van a ver, enfilando para el noroeste, bailando a traves de las colinas.
Juan Pablo Manrique
(Jonpol)
Un día yo estaba en San Bernardo, pasando unas vacaciones, de esas en las que te sentías de 30 años. Y habías cumplido 20. Había unas vecinas. Nunca interactue, hasta que me quede sin los amigos. O mejor dicho, hasta que una rubia me toco la puerta y me pidió azucar. Yo, le terminé dando un ventilador.
Ese es el problema de mi forma de ver estas situaciones. A mi me piden un endulzante y yo les ofrezco un electrodoméstico. Digamos que me deje convencer, venía rengo por correr en vidrio, o nadar en barro. Y fue algo muy cálido en momentos de frío. Y no te hablo de esos inviernos , te hablo del escalofrío que no te calma ni con dos bolsas de agua caliente y una colcha. Un frío letal. Que me define a la hora de la verdad. El temor a conocer. El frío del miedo por mirar a los ojos a una flaca y perderse un rato, sin pedir que nos pongan en andas y aplaudan en la playa.
Que no nos encuentren, que nos quedemos un rato ahí.
De ese celeste verdoso estaba echa la sonrisa con la que me miraba. Y así y todo, con los remos agujereados, salí a navegar.
Cometí el error, de disfrutar con mesura. De no aprovechar hasta la total extirpación de toda humedad acaramelada de esas gambas. De no haberte comido todos los días un wok en la espalda. De no poder ver más allá de las circunstancias e inmolarme en un maremoto de soledad.
Pero me hizo romper ese sello, que tanto pico de loro destruyo. Ese que uno se pone para no entregarse del todo a que te despierten. A que venga esa mina que te haga respirar piel. Y que se te rompa el tabique de olfatearla. Eso es lo que todos buscamos.
Dice Dolina, que el que olvida, jamás, jamás podrá ser nuestro amigo, ni ahora ni cuando nos volvamos a encontrar otra vez y para siempre.
Por eso, no tengo más que decirte, a la distancia, a tus imperceptibles lecturas, a tu amor consumado, a tu familia en camino, que seas muy feliz rubia.
Y agarren todo el armamento que puedan encontrar en el fondo del placard de sus almas a chorro de gas, y salgan al sol.
Me van a ver, enfilando para el noroeste, bailando a traves de las colinas.
Juan Pablo Manrique
(Jonpol)
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