Hay algunos lugares, que nos quieren para siempre (no es tanto tiempo)
Los fideos salen ricos cuando uno los hace con amor. Más, si es amor por el cocinero. Aun mayor el sabor, si el cocinero es quien escribe. Puede parecer enroscado, pero es una tautología axiomática, o axioma tautológico el que estoy exponiendo hoy. Debo haber dejado la pluma de lado, atras de alguna axila abultada, debo haber entendido, que no es poco, el principio. El principio, desde donde uno arranca. Una base, un antiguo techo mutado en piso. Un futuro pasado. Un pasado lejano, de otra vida que ya viví y fui feliz, y fue esta, donde los árboles gritaban canciones de tribuna, alentandome a levantar mi estadio donde siempre quiso estar, en el campo del más aca, entre hojas, flores y los fideos con muy rico gusto. Tienen un poco de todo, crema con verdeo que dejo armada un amigo, un tuco que comí yo, un wok que compre pensando en cocinarle a alguna invitada, un gas natural que instalo mi abuelo, unos platos que sobrevivieron a mi destructividad masiva. Digamos que el sabor se construye entre todo lo que nos pasó antes de abrir la heladera. Fuegos artificiales en el lago que mi mente bloquea el nombre.
Hay un ballet sonando afuera, y yo bailo en el medio, no con calzas, no con sombras, no por las bailarinas. Sino por el simple hecho de bailar. No como el cisne negro quebrado, no como el patito feo. Escuchando la música que a lo lejos siempre sonó. Esa certeza que te envuelve la cabeza cuando cerras los ojos, el saber profundo que todos nosotros no negociamos ni con nuestras pesadillas. Esa imagen que siempre soñamos tener frente a nuestros ojos. Ese día en el que llegaramos a nuestro día.
Como un amanecer que se repite siempre, como una rutina vacía de maldadad y pobreza de espiritu.
Como la neblina que nos tapa cuando entramos a londres o a ezeiza.
Como el rayo de fuego que purifica la carne barata que tiras a la parrilla para los amigos.
Como el vino que todo lo que toca cura.
Como salir a caminar por mi barrio, y decirle, mirandolo al centro de su inmensidad, que el que toma el agua de Matheu, no se va nunca más.
Juan Pablo Gonzalez Manrique de Lara
Hay un ballet sonando afuera, y yo bailo en el medio, no con calzas, no con sombras, no por las bailarinas. Sino por el simple hecho de bailar. No como el cisne negro quebrado, no como el patito feo. Escuchando la música que a lo lejos siempre sonó. Esa certeza que te envuelve la cabeza cuando cerras los ojos, el saber profundo que todos nosotros no negociamos ni con nuestras pesadillas. Esa imagen que siempre soñamos tener frente a nuestros ojos. Ese día en el que llegaramos a nuestro día.
Como un amanecer que se repite siempre, como una rutina vacía de maldadad y pobreza de espiritu.
Como la neblina que nos tapa cuando entramos a londres o a ezeiza.
Como el rayo de fuego que purifica la carne barata que tiras a la parrilla para los amigos.
Como el vino que todo lo que toca cura.
Como salir a caminar por mi barrio, y decirle, mirandolo al centro de su inmensidad, que el que toma el agua de Matheu, no se va nunca más.
Juan Pablo Gonzalez Manrique de Lara
Comentarios