El Costo de Oportunidad (o como no entran 48 horas en 24)

Manejando a las 2 am por floresta uno se pone nostálgico. Primero porque de noche, la sensibilidad estropea el olor natural y transparente de una ciudad que se limpia de noche y los fines de semana. Segundo, porque con casi un cuarto de siglo a cuestas, muy buena memoria y un gran fetichismo por utilizarla, uno tiende a tener imágenes vivas de todo lo que ha sucedido (sucede, para Borges) de cada eslabón que compone la cadena interminable de una ciudad viva, como es esta. Y tercero, porque pase por una casa triste, que ni me reconoció en un auto. Me miro con sus piedras engarzadas, sus luces de seguridad, sus ladridos no emitidos, sus sombras y su fresco de palier. Y pensar que viví ahí 24 años y un día.
Vuelvo de una charla, a la cual me estoy acostumbrando a que me aguce el pensamiento. Doblo para intentar buscar nafta pero desisto, porque estoy cansado, o aburrido, o molesto.
Pienso un poco más pausado que antes. No tengo ese mismo frenesí de escribir escribir y escribir y pretender que el mundo se cree o modifique en torno a una idea torcida, malgastada, malcogida o malherida. No tengo más esa necesidad tan pero tan infantil de trascender constantemente. Con todo lo que hago, con cada paso dado. Pero hay algo que me encrispa. Que me molesta bastante.

Una duda sembrada por un jardinero con pericia Incaica. Escuchar como una persona que expande sus horas 3 o 4 veces por día para hacer más y más cosas, y a su vez, llorar en frecuencias inaudibles, latir erraticamente por una necesidad casi cocaínomana de más y más y más, hace que uno, tarde o temprano, se sienta un vago, un charlatan, un descansado, o, peor aún, un mediocre. Pero hasta cierto punto, ya que esta incomodidad da paso a la teoría económica del costo de oportunidad, que rige, digamos, la lógica de la humanidad.

Para hacer algo, debes dejar de hacer otra cosa.
Y es tan simple, y tan sencillo, que aterra la imposibilidad de doblar esta regla. Un verdadero mesías, una deidad, será aquel que pueda hacer todo lo que le convoque sin la necesidad de elegir una u otra cosa. Bajo estas reglas.
Otra posibilidad, es que el ser humano baraje de nuevo y cambie las reglas de un sistema que le pone horarios, momentos, limites económicos; variables de realidad.

Ninguna de las dos cosas parecen posibles, pero yo, consciente de mi superioridad espacial, les digo, que mientras escribo, estoy cargando un capitulo en cuevana. Y eso puede parecer normal, pero en realidad, soy un semi-dios que se permite tomar el tiempo de escribir mientras concreta la carga de una serie.

Para poder vivir día a día con la molestísima realidad de que uno no es lo libre que debería ser (según nos grita el enano de oro de nuestro interior), debemos burlar las leyes del sistema de manera tal que nosotros perdamos el rastro de nuestra propia sombra, en el andar diario, en el placer cotidiano.

Seamos invisibles a nuestros propios ojos, o apenas perceptibles dejando una estela de nuestro veloz paso por al lado. Y así, tratemos de brillar un poco.

Dedico esto, a todos aquellos que día a día, no conformes con llegar a las 12 de la noche de trabajar, estudiar, servir a la comunidad y viajar de aquí para allá, se miran al espejo y dicen "aún puedo más".
Por ellos y ellas, tenemos un parámetro para que quienes aún nos sentimos al 50% de nuestra capacidad, sepamos que nada más y nada menos que crecer y vivir será la consecuencia de dejar todo lo que podemos dejar en la cancha, en el diario o en un bar. Día a día y palmo a palmo.

Ya es lunes, y son las 5 30. Arriba muchachos, que empieza el día.

Juan Pablo G. Manrique

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