Declives de Merendero - Vol. III - ( Furibundis mendicrinae con maermeladus )
El aire no es tan espeso y la angustia ya no pide tanta pista. Los árboles que me acechaban simplemente no me importan más. Luces que alguna vez osaron apagarse, quieren encenderse. Lo que no saben es que nos acostumbramos a la bajasombra. En un rincón oscuro siempre es ideal pensar. Primero, porque me gusta la introspección y la recomiendo. No como modo de vida, pero como compañera atrevida y temerosa, sin duda alguna. Hoy sentado con horas y horas por delante, puedo sentir como las maderas arden, queman y respiran tan de cerca. Susurrándome mensajes para comunicar a los vivos. Sin embargo, dudo con seriedad que ultratumbescamente los familiares deseen ser receptores de tales mensajes.
El agotamiento físico y espiritual es por cansancio y nada más. El horror pasa por otro lado.
En mi mente hay una conclusión que no para de dar vueltas y vueltas, una tensión negadora y pésima, estrecha y alargada, que rige en lo profundo. El valor de las cosas, cosas que no se compran con dinero. El valor real de adquirirlas. Un nudo de atracamiento e irregularidad me cierra el pecho, mientras recuerda la expectativa del día en que mi viejo fue a cambiar las figuritas y el álbum completo, por aquel espectacular juguete. Único, incomparable. No solo por haberme olvidado de su forma original y su nombre, sino por solo ser adquirible siguiendo dicho sacro rictum. Solo de una manera. Sensación de tensión, de improbabilidad, de misión furtiva, alborotamiento que me ha llevado a una constante e inconciente búsqueda de lugar por aparcar.
Una desmedida ingratitud hacia lo sencillo de la vida es castigada con rostros maltrechos en espejos, sonrisas sin arrugas, panes cortados muy finos y tostadas con mermelada barata. Gusto incorrecto en un paladar ignoto, que no conoce más de lo que se permite. Una supuración, una catarata barranca abajo de peras y olmos, de penas y olvidos. Un saber, un tratar. Trance que cuesta alcanzar, al que una vez llegado, digita las voces de una noche lejana y amena.
Puedo frenarlo con vicios, pero rompe un chorro hacia arriba, fuente trasversal de saber y poder. Fuente de todo lo malo y todo lo bueno, todo lo frío, lo tibio, lo odioso y lo cierto. Una historia de desgracias digitopuntualizadas, casi como un romance zoofílico entre mis ganas y los deseos de otros.
El entramado de la silla que me mira esperando un acto maduro y letal, una oreja y un canguro al que no le guste saltar. La gente entra y sale, pero el mimbre, fiel a su costumbre confía y pone sus fichas en mí. Una reacción. Una compostura, aunque fuere, una aberración. Algo que me aleje del mal de una vez y para siempre, acercándome a una tribuna de puntos medios que alienten el compromiso y la falta de ausencia de libertad.
Embotado, merendado, insurrecto y desalmado, no quiero hacer nada lo radicalmente opuesto que me ubique en la tierra insanta de mis ambiciones caranalmente marechalescas. Quiero incluso pensar en ella de una manera objetiva y las 3 voces emiten juicio de valor, cuerpo y candor. Y meterla en el texto es algo ameno y sopenco, propio de un temeroso soñador, y no del febril represor de celulas autodestructivas que me jacto de ser.
Mentir no puedo, decir la verdad, tampoco.
Destino no tengo (pero lo busco)
Augurios tampoco (aunque bien los escucho)
Canciones no hago (pero lo intento)
Menciones no cuentan (pero respetan)
Ideas frescas (sobre secas y rasposas cuevas de karma)
Versos Viejos (pero con las tetas duras)
Colores Santos (tal vez es amor)
Debería saberlo y sin embargo... Destino no tengo, pero con tu c*lo me entretengo
La silla se cansó y mira para otro lado, haciéndole espacio a mi mente, que relata bajito, este texto como un partido bien jugado. Que no se termine, que siga encontrando vueltas y más vueltas, acercándose a la musa que no debe ser.
La silla no me quiere más y me río por lo bajo.
La silla me odia, porque me quiere amar y yo miro seco para otros ojos. Lo simple se vuelve revulsivo, lo oscuro hiela, las calzas no riman y mi miembro, no le tiene mucha estima.
La silla conoce el nombre de la otra. Lo repite odiosa por las noches, cuando cruje con la barra, y se altera con el desperesamiento del techo
La silla la conoce. Por eso me mira mal. Cuanta verdad radica en la madera. Que tendal que deja cuando cruje y grita, mofándose de nuestras ceguera por las noches.
Sabe que no solo la quiero, sino que en el fondo, tan solo me río de saberla en la órbita de mis pensamientos. A un simple y sencillo paso de volver a apostar por lo extraño y adictivo que puedo ser al jugar.
Mentí. Conozco mi destino, pero me hago la sota.
Cuando venga, hasta yo, incluso yo tal vez me sorprenda.
Se toma lindo sol saliendo de la cueva del Angel Gris.
Se toma lindo sol
Juampi
El agotamiento físico y espiritual es por cansancio y nada más. El horror pasa por otro lado.
En mi mente hay una conclusión que no para de dar vueltas y vueltas, una tensión negadora y pésima, estrecha y alargada, que rige en lo profundo. El valor de las cosas, cosas que no se compran con dinero. El valor real de adquirirlas. Un nudo de atracamiento e irregularidad me cierra el pecho, mientras recuerda la expectativa del día en que mi viejo fue a cambiar las figuritas y el álbum completo, por aquel espectacular juguete. Único, incomparable. No solo por haberme olvidado de su forma original y su nombre, sino por solo ser adquirible siguiendo dicho sacro rictum. Solo de una manera. Sensación de tensión, de improbabilidad, de misión furtiva, alborotamiento que me ha llevado a una constante e inconciente búsqueda de lugar por aparcar.
Una desmedida ingratitud hacia lo sencillo de la vida es castigada con rostros maltrechos en espejos, sonrisas sin arrugas, panes cortados muy finos y tostadas con mermelada barata. Gusto incorrecto en un paladar ignoto, que no conoce más de lo que se permite. Una supuración, una catarata barranca abajo de peras y olmos, de penas y olvidos. Un saber, un tratar. Trance que cuesta alcanzar, al que una vez llegado, digita las voces de una noche lejana y amena.
Puedo frenarlo con vicios, pero rompe un chorro hacia arriba, fuente trasversal de saber y poder. Fuente de todo lo malo y todo lo bueno, todo lo frío, lo tibio, lo odioso y lo cierto. Una historia de desgracias digitopuntualizadas, casi como un romance zoofílico entre mis ganas y los deseos de otros.
El entramado de la silla que me mira esperando un acto maduro y letal, una oreja y un canguro al que no le guste saltar. La gente entra y sale, pero el mimbre, fiel a su costumbre confía y pone sus fichas en mí. Una reacción. Una compostura, aunque fuere, una aberración. Algo que me aleje del mal de una vez y para siempre, acercándome a una tribuna de puntos medios que alienten el compromiso y la falta de ausencia de libertad.
Embotado, merendado, insurrecto y desalmado, no quiero hacer nada lo radicalmente opuesto que me ubique en la tierra insanta de mis ambiciones caranalmente marechalescas. Quiero incluso pensar en ella de una manera objetiva y las 3 voces emiten juicio de valor, cuerpo y candor. Y meterla en el texto es algo ameno y sopenco, propio de un temeroso soñador, y no del febril represor de celulas autodestructivas que me jacto de ser.
Mentir no puedo, decir la verdad, tampoco.
Destino no tengo (pero lo busco)
Augurios tampoco (aunque bien los escucho)
Canciones no hago (pero lo intento)
Menciones no cuentan (pero respetan)
Ideas frescas (sobre secas y rasposas cuevas de karma)
Versos Viejos (pero con las tetas duras)
Colores Santos (tal vez es amor)
Debería saberlo y sin embargo... Destino no tengo, pero con tu c*lo me entretengo
La silla se cansó y mira para otro lado, haciéndole espacio a mi mente, que relata bajito, este texto como un partido bien jugado. Que no se termine, que siga encontrando vueltas y más vueltas, acercándose a la musa que no debe ser.
La silla no me quiere más y me río por lo bajo.
La silla me odia, porque me quiere amar y yo miro seco para otros ojos. Lo simple se vuelve revulsivo, lo oscuro hiela, las calzas no riman y mi miembro, no le tiene mucha estima.
La silla conoce el nombre de la otra. Lo repite odiosa por las noches, cuando cruje con la barra, y se altera con el desperesamiento del techo
La silla la conoce. Por eso me mira mal. Cuanta verdad radica en la madera. Que tendal que deja cuando cruje y grita, mofándose de nuestras ceguera por las noches.
Sabe que no solo la quiero, sino que en el fondo, tan solo me río de saberla en la órbita de mis pensamientos. A un simple y sencillo paso de volver a apostar por lo extraño y adictivo que puedo ser al jugar.
Mentí. Conozco mi destino, pero me hago la sota.
Cuando venga, hasta yo, incluso yo tal vez me sorprenda.
Se toma lindo sol saliendo de la cueva del Angel Gris.
Se toma lindo sol
Juampi

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