Anaksunamun (o como, hasta a "la momia", con todos sus poderes, le metieron las guampas)
En un pequeño pueblito de la zona oeste, conocido como floresta, un caballero, Pedro Gimenez de Orzola, se disponía a utilizar las mejores hebras de de seda para acorbatar su cuello a la vida eterna. Corrían las horas de la gloriosa década del 1930 (gloriosa para todo aquel que la pasara bien, claro está). Pepito, como le decía la muchachada, estaba perdidamente enamorado. No importa el nombre. Y como generalmente sucede a quienes están en dicho estado amoroso, son consecuentes. Es decir, se pierden.
Comenzó a deambular por pasillos noches enteras, imaginando una y otra vez el retorno de la mujer amada (y odiada, sino, como podría ser amada, como se puede entender que un ser humano puede encarnar nuestra existencia más que nosotros mismos sin tenerle una pizca de resentimiento). Sentía la necesidad de comunicarle a cada uno de sus queridos compañeros de andanzas (los del barrio, no los de su sociedad, porque como bien se sabe, hombre que anhela públicamente, es mal visto. Hipocresía o reserva, llamenlo como quieran) Todo pasaba por él. Nunca siquiera pensó en ella. En que sentiría, que no, que si. Que poquito. Que mucho.
Para hacerla corta, y luego del extravío emocional lógico que todo ser humano que se considere ser humano debe tener en algún momento de su vida, decidió ser categórico y finiquitar con dicho sufrimiento eterno que ahora consideraba realidad.
Decidió colgarse. Estaba por tomar el paso al vacío de la eternidad más o menos asumida, cuando, inesperadamente, entró por la puerta un hombre alto, con el sobretodo ancho en su espalda, sucio, con olor a humedad y claramente algo alterado en sus facultades conscientes.
"Oigá, que hace jovén?" Atino a decir. Perplejo, pepito miró fijo al extraño. Que hacía en su casa, a esas horas de la noche, era algo más que cuestionable.
"Como que que hago?, raje de acá carajo!"
"Cálmate, cálmate. Te podes colgar pero a mi nadie me habla así, te voy a pegar unos cuantos bifes antes de que te despescuezes, así que respeto. Ahora. Que estas haciendo?"
"Termino con esto".
"Y de donde sacaste la ilusión que es tuya la decisión de terminar, y porque le decís "esto" a tu vida"
Pepito se separo del cordón. Miro fijo al mentecato ilustrado que tan desafiante sonaba.
Antes de golpearlo, cuando todo su cuerpo quería destruir a aquel entrometido. Lo miro fijo. Reconoció un aire cansino, como decepcionado. Un aire a derrota histórico. Un sinsabor tan somatizado en la piel que solo podía ser la realidad del metiche. La realidad de aquel hombre que tan categóricamente lo cuestionaba solo podía ser la consecuencia de un sufrimiento original. Algo contra lo que no se podía jamás pelear. Algo demasiado fuerte para ser vencido.
El conocía esa sensación. "Pedro. No todo termina en un desamor. No todo termina en un fracaso. No todo termina. Sino mírate. O mejor dicho, mírame. Yo soy tu fantasma. Tu futuro si no te ahorcas. Yo soy tu desgaste, tu odio, tu vergüenza, tu falta de respeto por vos mismo. Yo soy un vomito de tu entereza. Yo soy todo lo que vos no queres ser. Déjame a mi ese honor, vos dedícate a olvidarte de las razones que te llevan a ser un cabizbajo abrazante y triste como pocos de tu edad. Déjame las penas a mi, que soy un fantasma derroido por los años que no fueron. Déjame la mordaza de penas en mi boca. Dejame."
El hombre sonrío, dio media vuelta y se fue por la puerta. Pedro quedo atónito por largos minutos; se sintió con calor. No por las altas temperaturas o por el sudor propio de quien se jacta de una autodestrucción física realizable, sino con una urgencia venérea, visceral y metafísica de buscar una nueva razón para quemar. Para llorar y para roer. Buscar una nueva razón. Buscar.
Soltó la soga, y salió decidido caminando por la puerta de su cuarto.
Para su sorpresa, todos los artículos de plata de la colección de su madre, junto con el radio de transistores, y el dinero apoyado sobre la mesa habían desaparecido. La puerta de calle, abierta de par en par.
Corrió por toda la cuadra sin entender que sucedía, y entre la lluvia y el barro pudo vislumbrar a su fantasma, más corporeo que nunca, con los brazos llenos de chucherías corriendo barranca abajo.
Pepito se río. Se desplomó de las carcajadas en el suelo. Tal vez había entendido la moraleja.
o tal vez no. Por las dudas, sepan que, aquel que ama demasiado pero sin fijarse en el otro, es vulnerable a que le afanen todo. El corazón, las ganas de vivir, en incluso la guita
Saludos, y tengan presente, que antes de cometer cualquier suicidio emocional, cierren las puertas y depositen todo en las cuentas bancarias. O mejor dicho, no se suiciden, ni se lastimen. Que siempre hay un buen motivo para matarse, pero de risa.
Jocoso y Feliz, JPGDML
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