La teoría de la felicidad repentina (o como se puede pereder el tiempo disfrutandolo)

Existe un concepto remoto que muy pocos logran clarificar a lo largo de el período en el cual permanecemos en la forma que hemos desarrollado en este mundo (se conoce como "vida"). Dicho concepto, en nuestra cultura occidental tiene varias connotaciones.
Cada individuo opta por relacionar dicho concepto a una idea, a una construcción que determina con el correr del tiempo. Y nunca, nunca ese concepto pierde su morfología dinámica.
Dentro de mi experiencia (que de tan poca me parece burda) puedo dar fe que nunca permaneció inmutable. Durante toda mi vida (ya he explicado el concepto) asigne a mi felicidad miles de acepciones, diferentes y simultaneas, que hacían imposible de llevar a la práctica, de cristalizar dicho concepto en mi vida diaria.

Hoy puedo decirles que tuve una pequeña revelación.

Descubrí que no hay forma de lograr que nuestra idea de felicidad, que nuestro cuadro completo se pinte de una sola mano, y permanezca la pintura seca. No hay peor desperdicio de tiempo y de emoción que luchar (o peor aún, aguardar) a que en nuestra vida se construyan espontáneamente los castillos que con nuestro deseo amagamos con edificar. La musa inspiradora baja cuando estamos trabajando. La única forma prudente de lograr un sentimiento de paz y de felicidad (aparente) es trabajando día a día en algo que sea de nuestro agrado, en un medio, no en un fin. En pequeños pasos. En pequeñas misiones. En objetivos diarios. En milagros pequeños, de cuarta categoría.

Pero lo bueno de las revelaciones, y mejor aún cuando le afectan directamente, es que no hay que analizarlas como si fuesen ratas de laboratorio. Hay que aprehenderlas y llevarlas a la práctica.

Por ende, habiendo compartido mi revelación, procedo a hacer el rudimentario pero valioso intento de utilizarla para fines de lucro espiritual. Y es mi deseo para este año que pronto comenzará, y para estas navidades que están al caer, que podamos hacer una verdadera introspección, pero redondeando en el balance para arriba. No nos castiguemos tanto. No nos exijamos tanto. Simplemente orientemos el mayor cumulo de nuestra voluntad hacia nuestro deseo, tanto intelectual, académico, físico, sexual (el más importante obvio), económico, emotivo, o cualquiera sea. Pero hagamos esta tarea con la gallardía suficiente, con la nobleza de poder perdonarnos no ser 10 absolutos, o isidoros cañones, o maradonas, o cachos castañas.

Seamos nosotros mismos, pongamos las agallas y los recursos que tengamos en el sendero de nuestro querer. Pero dejemos un poco de toda esa energía, para apuntarla bien alto, cerrar los ojos, y tirarla al grito de "la puta, que vale la pena estar vivo". Porque si no nos cuidamos nosotros, si no nos reímos, si no disfrutamos, para que catzo nos sirve esta vida (concepto ya explicado más arriba).

Desperdicien un poco de tanta energía que día a día usamos para en el día de mañana tener más energía para utilizar en el futuro. Y vivamos el presente, que en cualquier momento se nos vuelve pasado.

Felices Fiestas
Su lustrádisima, devenida en el "Satiro" del antifaz

Juan Pablo González Manrique de Lara

Comentarios

Entradas populares de este blog

Anaksunamun (o como, hasta a "la momia", con todos sus poderes, le metieron las guampas)

Onomatopeya de sonido glutural emitido con el esofago con rudimentaría bronca (o también "Mmmmmmmmmrrrrrrrr")

Carta para un amanecer (leela cuando puedas)