Domingo (Domingo)





La vereda tiene un espesor respetable. Aproximadamente a 14 o 15 centímetros del piso, entre el último adoquín y el hueco por donde le agua se esconde debajo de la tierra. El caño raído pertenece propiamente a la primera construcción de la ciudad y detenta un óxido nivel cobre. Conduce las gotas de lluvia por un circuito descendente hacia las alcantarillas. Ideadas como nos enseñaron las tortugas ninja o las películas yanquis como grandes pasadizos donde el mal, la suciedad y el horror se multiplican, pueden ser bastante aburridas y monótonas. En realidad no se posee clara graficación de como son, salvo alguna que otra foto por google.

Parado, analizaba el destino manifiesto de la tormenta en una esquina despoblada del pueblo. Mitad mojado, mitad indiferente, mientras el reloj biológico del día rozaba las tres de la tarde. Miraba fijo a los fichines todavía existentes, donde algún perdido aún jugaba al daytona mientras dos amigos atrás hacían un pool a los gritos. Cruzó la calle hacia la panadería, mientras escrutaba los budines recubiertos en azúcar firme y con cerezas organizadas geométricamente. Eran las tres y cuarto, y a las cuatro abría el local.

Siguió tras los pasos de una sombra iluminada que se mezclaba con las veredas rotas primero, sembradas de plantas después. Camino en círculo, por cuadras cortadas donde no conocía a nadie. Solo ciertos olores le recordaban a una época donde eso era el campo y había una dimensión de distancia con la ciudad. Una era de colores cuidados, normas rígidas, conceptos arbitrarios y amor en exceso. Una crianza demasiado naif.

Pisando charcos, sin conocer con profundidad donde estaba pero a sabiendas de hacia donde ir, continuo rastreando esa pizca de luz. Miraba las rejas de las casas, los graffitis adornando la nostalgia que se evapora del asfalto cuando hace calor y cae agua. Transpiraba su mente de recorrer una y otra vez fragmentos olvidados de su disco rígido, como si hubiera guardado las fotos en carpetas que no sabía dónde estaban. Pero no eliminadas, simplemente perdidas.

La inercia lo encontró frente al mostrador mirando de reojo las medialunas de manteca algo resecas pero relativamente baratas. Las compró, junto con cien gramos de queso. Se subió al auto, realizó el mismo camino de siempre, entró al portón, llegó a su casa y vió su realidad. Sin brumas, sin nostalgias. Simplemente presente.

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