El Síndrome del Papel en Blanco (Forcejeando con la inacción)


Salí del trabajo, extrañándome ya de por si mi increíble voluntad y absoluta locura. Subrayando la capacidad exacta que tuve de lanzarme al vacío sin más garantías que los pactos entre caballeros. La empresa cumplió; yo también.

Con la rodilla hinchada por hacerme el delantero exitoso y dejar la rodilla de recuerdo en la cancha de fútbol de open gallo, me subí al avión. No sin antes ponerme a escribir un artículo sobre la Amia. Me había comprometido y me llevé la compu de viaje. La primera noche en Tucumán me la pase haciendo una infografía. Menuda secuencia. Pero buena.

Tafí del Valle, las ruinas de los Quilmes, Cafayate, Bodega Las Nubes, La Quebrada de las Conchas,  Salta capital, La casona del Molino, San Lorenzo, Cachi, Cachi Adentro, Cachi, Cachi, Tilcara, Humauaca, Pumamarca y...

Iruya. Lo pongo aparte, porque solo quién estuvo de noche ahí sabe que se ponen en juego energías fueguinas únicas. Sombras fantasmales que resguardan la tranquilidad, empanadas fritas y vinos baratos que hacen que uno se eleve al nirvana, y se de cuenta que el paraíso es estar ahí suelto y nada más. Miradas contentas, sonrisas tristes y anhelos varados. Sueños demorados pero palpables, y personas especiales que comparten y son. Leyendas de un tiempo que siempre va a ser, como caminar hacia San Isidro, subir al Mirador del Condor o mirar a Asunta retarnos y cuidarnos como si fueramos niños de viaje de egresados. Perdidos pero encontrados. Internados pero curados. Queriendo querer al más acá pero encontrándote con la realidad de un No, y el anhelo demorado de un Sí. Vomitando corazonadas para no alargar más los tiempos de la espera.

Después me fui al Ingenio de Ledesma, donde conocí el Parque Nacional Calilegua. Llegue hasta el clarooscuro en el medio de la yunga de las termas de Jordán. Caminar por San Salvador, pasar por la cancha de Gimnasia de Jujuy, adentrarme en lo profundo de la selva urbana una vez más.

Eso fue hace un mes. Mes en el cual flote de arriba a abajo, dormí, descansé. Percibí el paso del tiempo. Me embebí a mi mismo en una página en la cual veía bajar el scroll. Tal vez sea hora de empezar a pensar que el tiempo de la magia y la observación ya pasó. Y que los embrujos solos no se activan.

Los años del rencor y la furia pasaron. El descanso se hizo real y el sueño fue compensado. Después de 7 años de no dormir, pude hacerlo. Puede parecer vago e irresponsable, pero la verdad, nunca me consideré el adalid del esfuerzo continuo. Los tiempos que pasan agrandan la sinceridad con uno mismo. Pero también te allanan el terreno para la invasión emocional.

Sentado frente a la computadora sin mover un musculo, rodeado de mugre producto del sedentarismo inmaduro, espero. Espero poder arrancarme del letargo de la tranquilidad necesaria. Descubro ahora que mi estado natural no es el de la contemplación, pero mi cuerpo me pedía a gritos ser plateísta unos días. Merecido o no, esto es como los goles. Se hacen y punto.

Siento que me circula un poco más la sangre por el cuerpo. Como si un oso se despertara del período de hibernación. Tengo dolores propios de un ser humano con dominio mental, y no puedo dejar de escribir. Se que mi etapa autorreferencial la sentía terminada pero claramente aún tenía tela para cortar. Un poco más, un poco menos, a todos los que escribimos nos llega ese malestar. Lo decía Ray Bradbury. Es una adicción. Y si por mucho tiempo no alimentas el monstruo, comienza a mordisquearte los huesos de la razón y del animo.

Puedo verme sentado en la canchita de futbol de Cachi, mirando la final del torneo del valle. O puedo caminar por el costado del arroyo de Tafí. O simplemente, respirar el aire puro del mediodía veraniego quemador del norte en invierno. Donde el sol reina sobre el frío y la noche se venga congelando los dedos de los pies.

Lo que no puedo ver, ni cerca ni lejos, es el fin de esta enfermedad, que es sentarme a tipear, a dibujar en mi mente paisajes irresolutos, e indiscreciones crónicas. No puedo pintar un cielo de negro, porque los colores me invaden desde adentro de mi memoria, a recordarme que en algún punto de lo profundo del universo interior, hay mucha luz y mucha energía almacenada. Lista para explotar y replicar una vez más este caldo existencial que se llama ansiedad.

Jonpol

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