Voy a contarles una historia. Yo vengo a San Bernardo desde que nací. En los boliches de acá salía hasta las 7 cuando con 14 años podías estar en la misma pista que gente de 25 y tomabas Rocket Fuel (la botella de 350 cm3) con vodka. Te movías y zarandeabas toda la noche y después caminabas por avenida San Bernardo hasta la playa a ver el amanecer. La mayoría de las veces con amigos o solo, no era un gran levantador (sigo sin serlo) así que rara vez lo compartía con una chica.

Las veces que así lo fue quedaron grabadas a fuego adentro. Si sabías las coordenadas correctas ibas al rey del churro que 5 30 ya tenía las primeras partidas de churros rellenos y bañados disponibles para los parroquianos con bajón y capacidad alimentaria adolescente (aproximada a infinito). Era un buen tipo y te junaba. Sabía si eras un pibe de la quincena o si venías siempre. Desayunabas y llegabas tumbado a tu casa a dormir hasta las 3. El abuelo puteaba porque comías recalentado o directamente desayunabas y arrancabas para la playa.

Tenía amigos de acá que vivían lo mismo en diferentes frecuencias. Eramos una tribu de costumbres. Y hoy nos miramos con la historia y el cariño indemne a cuestas a pesar de la ausencia de la periodicidad. No siempre fue así. Hubo una época en la cual venía con mi abuela a ayudarla a preparar el departamento para los inquilinos. Era diciembre y yo tenía 3 o 4 o 5. Iba al trencito con el hombre araña, como Batman y todos esos capos que se colgaban de los árboles.También tuve 10, 11 o 12. Ahí con mi vieja íbamos a las librerías y me compraba 3 libros por verano. O más. Leía todo lo que se movía y era un gremlin o algo raro para mis contemporáneos. Recuerdo como disfrutaba de quedarme con mamá leyendo en casa mientras llovía. “Que lindo San Bernardo y la lluvia” decía con total compromiso con la misión literaria climática ante mí.

Cuando el abuelo se enfermó empecé a venir con amigos. Era distinto. Me sentía emperador, amo y señor de la ciudad de la joda. El rey de la noche. Primero a los 15 con un amigo que vinimos solos unos días y después ya vine en banda. Tenía 20 para 21. Ese verano me enamoré como nunca y para siempre. Ahí si vi salir en sol en Andrade y Costanera como se debe.También volví un fin de semana a cojer como conejo. Fue un año maravilloso. Después el abuelo murió. En 2009 vine con los pibes de capi. Y en 2011 también.Ese año me tomé la libertad de caer en semana santa. A estar con mi abuela y mi vieja. Fuimos al cine a ver el cisne negro. Fue la última vez que estuve en San Ber con la abuela. Después maruja se enfermó pero como gallega dura aún habita por estos pagos. Vine unos findes con familia de Matheu a fumar como escuerzos y comer como escuerzos con hambre herbal. 

En 2013 vine con mi hermano. Y me quedé sólo. Ahí hice de todo. Pero era distinto.Pasó mucho tiempo. Pasaron carreras, momentos, deseos. Más tiempo. El Rey del Churro un verano se volvió receta; una foto de él con sus creaciones. El viejito que me daba charla cuando iba a comprar a la Gran Familia siguió hablando con gente pero arriba de una nube.

En La Lucila ahora hay un Cariló y en Mar de Ajo un bar de rock que siempre estuvo y siempre estará pero que se me reveló hace unas noches, cuando volví. Pero no como un turista. Sino como alguien que viene a estar con un pedazo de su historia. A tocar con la yema de los dedos el sol del lugar. Volví para estar con mi vieja. Y esa es la cuestión de fondo de todo este texto. Saber valorar lo que la vida te dio y te sigue dando. Comer una pizza con la mama, caminar, poder decirle las cosas que te pasan en ese idioma encriptado que solo una mente tan laberíntica como la que me engendró puede dilucidar sin explicarle horas. De memoria. Salir a correr, entrar a leer. Respirar por la ventana de una vista antigua. Ancestral. Una ventana que tantas veces miré. Un patio tan parte tuya que hasta sentarte a ver la tarde es mejor que ir al imax en 3d. Y todo el enjambre de historias y de nostalgias, de amores y temores, de amigos y hermanos se une y confluye en una última carrera hacia el mar.

Dejando las ropas en un montón en el medio de la nada, después de la lluvia y el viento y el verano que se fue, tirarme de cabeza a barrenar una ola con el cuerpo. Una ola chica, alterada, fría y verdusca pero que enfría mis mambos a foja 0. Y que me purifica de la duda y el rencor. Y me hace saber, como hace tantos años, que el mar escribe como ninguno. Mejor que el flaco. Más que una canción. Salgo del agua con una sonrisa. Son las 7 y media de la tarde. La playa es mía y de 10 más. Camino barranca abajo. Entró por Oro. Me detengo delante de un local con diario pegado en los vidrios. Se ve que ya se fueron en febrero. Miro para arriba. El rey me sonríe mientras prepara los churros. Inmóvil. Contento. Eterno.Como San Bernardo. Como la vida y la familia. Como los amigos los amores y los recuerdos. Como la vieja. Como los abuelos. Y como todo eso que ayer y para siempre nos acompañará. En el corazón. En la memoria. En un olor o en un gusto. En nuestra cuerpo y en nuestro alma. Y así nuestra historia será lo único que nadie podrá tomar en este lugar donde nos hacen creer que todo vale. Pero nosotros bien sabemos que no es así. Los militantes del amor. Los hombres y mujeres sensibles de flores y del mundo. Nosotros que sabemos que el que olvide jamás podrá ser nuestro amigo. Ni ahora, ni cuando nos volvamos a encontrar de una vez y para siempre. Así lo dijo Dolina.

Y así lo creo yo.


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