Un poco

Arrojándose sobre mí mientras tomo aire por la ventana, los árboles ennegrecidos de las veredas de capital supuran su sabia marginal, que los hace arrogantes y secos. Será la falta de agua o de continuidad del suelo junto con el alarmante estado de ausencia de picaflores y mariposas que le pongan algo de picante a la relación sexual mitósica entre dos sauces.

El asfalto recubre las calles que hace un tiempo eras de piedra de marfil platense u otro material para la construcción urbana. Recorrerlo es pedirle permiso a la historia para continuarla, compromiso recordado por pocos y respetado por menos.

Violencia en el parque. Violencia en la ciudad.  Sin estruendos, sin dolores, simplemente aislamiento y ostracismo. Otra máquina de sellar relaciones, de dejar sin aliento y mosquear al más relajado.
O tal vez estoy viendo mal,  y detrás de esta aparente pantomima de distrito existe algo más. Un espíritu que convoca pero no asfixia. Un fantasma de humedad que disfruta de cambiar las piezas de lugar. Juega al poliladron con la soledad, y siempre la deja ganar.

La falta de garabatos esgrimidos no tiene principio ni final. Es lo que mató a fantasía y extinguió a los perros voladores que cuidaban princesas mesiánicas. Por suerte los de afuera nos dejan vivir, nos piden a gritos que les planteemos hipótesis de humanidad y amor. De deseos inalcanzables aunque compactos y próximos.

En secreto se confiesan desnudos frente a la ironía con triple sentido de las acciones humanas sin control. Y murmurando bajo demandan atención y toreo. Pelea, contienda. Amedrentan y arremeten contra nosotros. Porque sin alguien que busque ver el sol, el dueño de la sombra no tiene título suficiente para ser solo y especial.

Dejen lamentarse a esas almas que no quieren moverse ni un centímetro para atrás. No intervengan, que decanten, que se acuesten y que pidan comida para variar. Permítanles jurarse a sí mismos que no hay mucho más allá del acá. Convídenlos de sal, para que no vuelvan al mar. Porque sus gruñidos son la alarma visceral que nos permite saber a donde nunca jamás nos queremos acercar.

Protejan al infeliz, al escéptico, al resentido. Porque si ellos no hacen ruido, podemos caer en el mimetismo absurdo de ser uno más.Y no nosotros mismos. Que al fin y al cabo, es lo que hace al mundo rodar.

Jonpol

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