Estoy al telefono (No es un regueton)

El vibrato sube y baja por el palo de luz de la cabina contigua a donde tenes apoyado el craneo. Un brillo tenue entra oscuro por la mugre pegada al vidrio y vos con el tubo en la mano, esperando ver un espiral de números milenarios. Suena el tun tun y nada. No hay nada del otro lado.

El aire puro de la montaña te congela los sesos y contas las monedas, no podes creer que la llamada de larga distancia te cueste 100 gramos de metal. Pero estas en la loma de la lejanía. Las voces familiares te sorprenden en tu financiero pensamiento y la sonrisa de paz te sobrevuela.

Arena hasta en los ojos, mano humeda, pie humedo y esponjoso. Arena hasta en las manos. Un numero no muy interesante. Una persona no muy interesante. Pero a veces es así.

Un número de memoria. Una voz quebradiza y repetitiva, casi rompecabezas de la voz que fue. Una pantomima para cumplir con los modos. Y cada vez la escucho más lejos. Muros de piedra y hielo.

Un teléfono que suena cuando quiere y donde quiere no es la mejor compañía del mundo ni la peor.
Es el medio de los recuerdos. Los telefonos pùblicos, los de linea, los prestados, los inalambricos, los celulares sin internet, hasta incluso los mensajes de texto tienen la magia de la tecnologia en formación.
De lo casero, de lo grotescamente familiar.

Un teléfono que suena es una puerta. A la gente, a ese misterio tan pero tan adictivo que es la gente.
Que le voy a hacer, me aburro un poco de mi mismo.

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