En un pequeño pueblito de la zona oeste, conocido como floresta, un caballero, Pedro Gimenez de Orzola, se disponía a utilizar las mejores hebras de de seda para acorbatar su cuello a la vida eterna. Corrían las horas de la gloriosa década del 1930 (gloriosa para todo aquel que la pasara bien, claro está). Pepito, como le decía la muchachada, estaba perdidamente enamorado. No importa el nombre. Y como generalmente sucede a quienes están en dicho estado amoroso, son consecuentes. Es decir, se pierden. Comenzó a deambular por pasillos noches enteras, imaginando una y otra vez el retorno de la mujer amada (y odiada, sino, como podría ser amada, como se puede entender que un ser humano puede encarnar nuestra existencia más que nosotros mismos sin tenerle una pizca de resentimiento). Sentía la necesidad de comunicarle a cada uno de sus queridos compañeros de andanzas (los del barrio, no los de su sociedad, porque como bien se sabe, hombre que anhela públicamente, es mal visto. Hipocresía ...
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